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miércoles, 10 de octubre de 2007

Misticismo

Desde que decidí dedicarme a este oficio, cuando todavía jugaba con las piezas del Lego, tuve muy claro que quería dedicarme al dibujo y la pintura.

En mi decisión influyeron notablemente dos estímulos, aparte de que mis padres eran artistas:

El primero, como ya comenté, fueron los dibujos de Hockney en un libro de técnicas y materiales artísticos de la famosa editorial Blume.

El segundo -y esto no lo sabía nadie hasta ahora, casi ni yo- fue una serie dramatizada sobre la vida de Leonardo da Vinci, creo que de la RAI. Leonardo iba ensanchando su mente con el dibujo y yo sentía lo mismo.

Por supuesto, en casa de mis padres encontré libros de arte que me permitieron empaparme de Durero, Ingres, Picasso, y otros grandes del dibujo.

Conocía a la pandilla de los dadaístas desde pequeño, pero jamás me produjo demasiada admiración. Curioso, sí, pero nada que me impresionase o me impulsase a imitarlos.

Cuando fui conociendo otras tendencias, como el pop americano, con Rauschemberg, Lichtenstein, Warhol y demás, no me sentí atraído en absoluto. Lo mismo me ocurrió cuando a los 15 años me regalaron el libro de Norbert Lynton, "Ver el Arte". Muy bonito, cierto, pero no me impresionó nada la última parte, en la que se hablaban maravillas de los artistas de performance como Beuys y otros.

Cuando llegué a Pontevedra, en seguida quisieron "abrir mi mente" hablándome del discurso, el arte objetual, la ruptura de las fronteras y otras cosas...

Pero, después de tantos años, de pasar épocas en las que dibujé a todas horas y otras en las que apenas toqué un lápiz, constato que sólo lo que excitó mi ardor juvenil y mi interés por el arte en la adolescencia sigue haciéndolo hoy día.
Sólo de los que admiraba entonces y otros que he ido añadiendo después, todos ellos principalmente dibujantes o pintores, saco fuerza para mis trabajos más enérgicos, para los que se diría -usando una terminología hoy proscrita- más inspirados.

Siempre que he tenido que mirar hacia el neodadaísmo, el conceptualismo, el minimalismo o cualquier ismo posterior a los años 50 y que recibe el beneplácito de los comisarios de arte en boga, he sentido un desánimo, una falta de fuerza y desinfle tal que sólo puedo compararlo al que siento cuando miro hacia la escuela parramonesca y su sosa interpretación sobada y cutre de la tradición.

Como cuando se oyen esas melodías repetitivas, que continúan machacando la cabeza después de extinguirse el sonido, cada vez que alguien me intenta convencer de que "abra mi mente" a introducir a Beuys en mi Olimpo de grandes artistas, siento el runrun del razonar, que no cesa, y que desgraciadamente me impide admitir el misticismo dentro de mi estructura mental.

A pesar de que mi profesión es el arte, al que se supone acompañante de la religión desde Altamira, siento que todo eso del misticismo, del artista-demiurgo, el artista-dios, el ego-artista, etcétera, no es más que palabrería. Pienso en Picasso trabajando frenéticamente la cabra durante cinco horas en la película de Clouzot, o en Matisse recortando papeles pintados cuando sus manos ya no respondían, y esas potentes imágenes barren toda la teatralidad de la puesta en escena de tantos y tantos ingeniosos artistas contemporáneos con su discurso y su programa, su proyecto o su performance.

Debe ser un defecto mental. Cuando se me define la pintura como "la actividad artística nacida a principios del siglo XX, con la liberación de los soportes tradicionales", tal y como hizo Ruiz de Samaniego, hoy flamante comisario bienalístico veneciano -profesor de Bellas Artes en Pontevedra cuando yo estudiaba allí- mi cerebro, antiambiguo, antimístico, antiilógico, me trae imágenes, bellas y potentes imágenes mentales, completas en color, olores y sonidos, de los pintores egipcios iluminando con sus vibrantes azules y rojos, con sus trazos firmes y sabios, las umbrías tumbas de los nobles y los faraones. O aquellos griegos que por divertimento pintaron uvas que los pájaros mismos querían picar. Me viene la imagen de Giotto encaramado en sus andamios pintando en la Capilla Scrovegni, o, cruzando siglos en cuestión de segundos, la imagen de un Picasso sudoroso y sin camiseta, cuando se enzarzó con rayajos y enfados consigo mismo intentando dar forma al fabuloso Guernica.

Luego, por si me quedaban dudas, mi cerebro, diligente, trae a mi mente el recuerdo de la visión en directo de algunas de las mejores composiciones de Tápies, o los enormes ploteados de Broto, o las serigrafías de Haring... y la pobreza de esas imágenes, tan estereotipadas, la torpeza de los trazos y su frialdad acaban de matar en mi voluntad el débil hilo de la seducción por el llamado arte contemporáneo, que yo prefiero llamar arte oficial contemporáneo.

Del mismo modo que una mente científica se pone en guardia ante el agua magnética o la Astrología, mi pobre cerebro de artista, especializado en esa actividad consistente en manchar una superficie con colores haciendo determinadas formas más o menos agradables a la vista, que intenta dar forma a ideas y sentimientos mediante una habilidad trabajosa y lentamente adquirida cada día, no es capaz de hacer sitio al arte por generación espontánea, en el que esos elementos, el estudio y el trabajo, no han intervenido, sino la mística voluntad de ser artista y el místico talento innato. La Idea, materia prima sagrada, que prevalece en esas manifestaciones místico-artísticas, se me antoja un esqueleto pobre, una vaguedad vacua, no muy distinta del ingenio preciso para sisar veinte céntimos sin que mamá se entere, y que todo el mundo tiene.

Cierto que la habilidad, el virtuosismo manual del que algunos grandes de la historia dispusieron, tampoco tiene nada de misterioso. Bastan horas y horas y horas y horas y horas y horas y horas de práctica atenta, de trabajo físico y mental intenso para introducir en el cerebro los caminos neuronales para que mano y cerebro sean una unidad. Está al alcance de cualquiera... que quiera entregarse, que quiera sacrificarse lo suficiente.

En cambio, la habilidad para conseguir que sin dar un palo al agua le consideren a uno genio -con la responsabilidad que eso conlleva- y que un comisario te lleve no a la cárcel sino a la Bienal de Venecia -o a la de Valencia, para el caso es lo mismo- no está al alcance de cualquiera. A mi alcance al menos, no. Estoy demasiado chapado a la antigua: mi rígido cerebro en seguida se pone alerta y me dopa para que vengan imágenes mentales sugerentes, que mitigan mi caradura y me impiden seguir ese camino. ¡Qué mala suerte!

jueves, 20 de septiembre de 2007

Descartando la vanguardia

Nuestro amigo Mariano, Mariano Casas, pintor, que coincidió con nosotros en Pontevedra en los primeros tiempos de la Facultad de Bellas Artes, reinaugura su blog.

Si yo no fuese también artista y no tuviese este ego tan subido que nos caracteriza, Mariano sería mi ídolo. Pero por ser las cosas como son, simplemente le tengo mucha envidia. Hace cómics, pinta, rueda cortos, y lo peor de todo: escribe muy bien. Poca gente conozco con su capacidad de síntesis: lo que a mí me lleva dos páginas y no termino de explicar, el lo dice en dos líneas elegantes.

En su entrada ¿Qué ha pasado?, que os recomiendo leer, reflexiona sobre el lugar del artista en el panorama del arte actual con una perspectiva histórica, replanteándose la vanguardia.
Estaba pensando en el párrafo final:
"y aceptar que nos hemos metido en una camino sin salida, del que la única salida es dar marcha atrás?..."

Realmente, opino con Mariano que nos hemos metido en un camino sin salida, y que hay que dar marcha atrás, pero creo que la realidad es muy compleja y cuesta desenmarañar lo que ha ocurrido.

Pienso que el gran éxito de Picasso y en general de los vanguardistas, arrastraron por ese camino a muchos, entre los cuales había una cantidad importante de caraduras, arribistas y trepas de todas clases. Algo de esto se puede extraer del libro La Palabra Pintada de Tom Wolfe.

Los vanguardistas, al menos en un comienzo, fueron sinceros y creían de veras que la contaminación de las formas con lo exótico, lo onírico o lo primitivo podría renovar el arte europeo, lastrado por una tradición demasiado acartonada e influida por la literatura, estancado en sus formas, etc.

Pero resultó que la consagración definitiva de la subjetividad en la valoración del arte permitió que dejara de ser posible distinguir el grano de la paja, se abrió el camino al "todo vale". Si bien esto es de por sí grave, benefició a multitud de artistas a los que una mayor exigencia técnica les habría impedido abrirse camino, por lo que dentro de los grupos vanguardistas se toleró la relajación en la crítica. Cada mecenas, cada inversor de la época -muchos de ellos multimillonarios norteamericanos- se vio arropado por una pléyade de críticos de arte nunca antes conocidos, intelectuales de salón y artistas bohemios que certificaban el valor de la obra comprada.

Cuando se consagraron los vanguardistas de las primeras hornadas, como Picasso, Matisse, Dalí, etc... las generaciones posteriores en parte quisieron continuar su legado por pura admiración, pero también por interés. Se consagró la idea de que el arte era vanguardista o no era arte. Ya en época tan temprana como los años 30-40 algunos artistas optaron por continuar una carrera al margen de las vanguardias, como por ejemplo Balthus. En realidad incluso Picasso tuvo una etapa clásica, que coincide con la neoclásica de músicos como Stravinsky, y que suponía una "vuelta al orden", presente entre los años 20 y 40 en muchos artistas de la época.

Nace un movimiento artístico bastante despreciado, pero de gran influencia, el realismo socialista o social, con grandes artistas como Renato Guttuso, Ben Shahn... y que es muy cercano a la pintura de Balthus, el primer Freud... con paralelismos importantes en la ya mencionada reacción neoclásica de muchos músicos, en la poesía social, el neorealismo en cine, etc.

Este movimiento nace de la necesidad de hacer un arte moderno pero que la gente pueda entender: un arte cercano al pueblo sin dejar de tener calidad y recogiendo lo mejor de los avances vanguardistas -entendiendo como vanguardia incluso la revolución impresionista- pero sin atarse a un manifiesto teórico, sin renunciar al oficio.

No obstante, la guerra fría por una parte, y muy probablemente los intereses económicos del naciente mercado del arte vanguardista, que florecía en el país de los dólares, hicieron nacer la necesidad de perpetuar la vanguardia -a la que el nuevo realismo ya estaba dando carpetazo- y revitalizarla. Nace el expresionismo abstracto como invención de los críticos americanos, que buscan un movimiento de vanguardia nacional, y luego se apropian del pop inglés -muy cercano al realismo socialista, a la pintura de Freud, Hockney, Kitaj y con antecedentes en la pintura del grupo Kitchen Sink School... hasta llegar a la eclosión de movimientos artísticos neodadaístas de los años 60 norteamericanos (conceptualismo, minimal, land-art, body-art...).

De nuevo un enjambre de espabilados se acoplan al invento de la vanguardia, que en esta ocasión parte de EEUU y no de Francia, Italia... por todas partes aparecen réplicas de los movimientos americanos, como Fluxus en Europa, al que pertenece Beuys, Arte Povera en Italia, o en España los Millares, Tàpies, etc, que el Régimen franquista utiliza para lavarse la cara presentando una apariencia de modernidad.

No obstante, en muchos artistas cuaja la idea de un arte más accesible y de hecho muchos se forman artísticamente con seguidores del realismo social o el pop de origen inglés, tan cercanos estéticamente. En la tradición transmitida por esta hornada de pintores, está el recuerdo de la vanguardia, sobre todo por los dos movimientos que más han provocado revoluciones conceptuales y técnicas en pintura: impresionismo y expresionismo, con elementos sueltos de otros como surrealismo o cubismo.

Muchos de estos artistas de generaciones post-vanguardistas incluyen enseñanzas vanguardistas en su acervo artístico. Pero en lugar de seguir la moda del momento, la vanguardia oficial generada en EEUU, o alguna de las vanguardias históricas con un desfase de varias décadas, simplemente pintan a su estilo personal.

Son pintores que sólo tienen un éxito local, aunque notable, como Segura Torrella en Ferrol, que sin seguir ninguna vanguardia en concreto, pinta de una manera indudablemente moderna. Influencias de pintores muchas veces del expresionismo o el impresionismo -en el caso de Segura Torrella, influencia clara de Kokoschka- y que ejercen una gran influencia en su entorno.

Otros en cambio, siguiendo los dictados de la moda imperante, de los movimientos artificiales del arte oficial, consiguen gran éxito, sin importarles dar grandes saltos estilísticos de la noche a la mañana para pasar, como es el caso de Tàpies, de una pintura deudora del surrealismo al informalismo pleno, con el beneplácito de la sección cultural del gobierno franquista.

Siento que ha habido dos historias del arte paralelas en el siglo XX: la natural, consistente en:

impresionismo - modernismo - vanguardias históricas - realismo social - escuela de londres - neoexpresionismos/neorealismos actuales

y otra artificial, que es la que nos cuentan los libros:

postimpresionismo - vanguardias históricas - expresionismo abstracto - pop - vanguardias de los 60 - arte contemporáneo

Todo esto sin olvidar el extremo en la reacción antivanguardista, provocada en último término por la explosión conceptualista de los 60 hasta ahora, y que consiste en el rechazo de toda enseñanza vanguardista -incluida la revolución impresionista- que defiende el academicismo más absoluto: los neoacademicistas de artrenewal.org.

Últimamente también ha habido un enfrentamiento antivanguardista en Gran Bretaña, que quiere recuperar las enseñanzas de la escuela de Londres, el pop inglés y la pintura social: el movimiento stuckista, en auge.

No obstante, y pese a que hay ya muchos síntomas del agotamiento -nuevamente- del modelo vanguardista de arte, todavía se siguen aceptando su discurso y sus mitos, llegando a consagrar como genios a sus gurús en museos y fundaciones. Pero se impone no sólo una renovación, sino una revisión total de la importancia de la vanguardia. Yo creo que se debería separar el grano de la paja, y descartar la vanguardia como motor del arte del siglo XX en su segunda mitad. La vitalidad creadora, la mayor parte de producción y la mayor parte de la influencia estética y técnica no están, pese a los ríos de tinta que se han vertido, en la tendencia vanguardista, sino en la otra línea, más unida al público.

Cierto que desde la crítica pro-vanguardista se ha querido desprestigiar la tendencia contraria mezclándola con la pintura amateur o "dominguera", haciendo ver que son la misma cosa... pero nada más lejos de la realidad. Los pintores de mayor éxito hoy día no son vanguardistas: Hockney, Freud, Kitaj, Antonio López...

jueves, 21 de junio de 2007

Minimalismo

Oh, el minimalismo. Menos es más...

No voy a arremeter contra ese sacrosanto ideario del arte oficial (anti-arte, quiero decir)...

Hace años, el minimalismo era algo conocido sólo por una élite que teníamos información sobre Sol Le Witt y Philip Glass, etc, pero ahora todo el mundo lo conoce: se ha convertido en una tendencia del diseño y el interiorismo, y desde los interiores de las casas más "chic" hasta los tenedores de mango ancho o las pajitas de sorber negras en los restaurantes esos en los que la ensalada se acumula en forma de torrija en el medio de un plato cuadrado enorme y tienes que tener cuidado para que un espárrago no te saque un ojo.

El minimalismo triunfante es tan popular, que de hecho no se puede decir que sea una tendencia, sino que es la tendencia del diseño actual.

Pero qué le voy a hacer. A mí no me gusta. No sé si es porque soy incapaz de tener mi mesa ordenada, o porque nací gallego y traigo el horror vacui de fábrica, pero nada, he fracasado en mi intento de apreciarlo.

No digo que no me agrade la combinación de colores, las líneas puras, los materiales exquisitos... pero al entrar en una cafetería negriblanca en la que todo es cuadrado o circular, me entra una congoja, una angustia... de repente recuerdo las tardes en los caminos rurales, en plena naturaleza, con una infinidad de especies vegetales y animales entremezcladas luchando por imponerse, el espectáculo frondoso de la vida... o la visita a algún monumento del barroco florido.

En esta moda del minimalismo decorativo -perdón por la paradoja- no dejo de ver una fuerte influencia japonesa. Pero como siempre, nuestro Imperio, cuando copia, lo hace mal. Los interiores japoneses tradicionales, sobrios, en colores básicos como el negro, el blanco, el rojo, con formas simples y ortogonales, puertas correderas... no son tan feos, ni tan agobiantes. ¿Por qué, si los elementos son los mismos?

Porque en arte, y en diseño -que es un trocito del arte- impera una ley universal y muy antigua: el contraste. En música, sin presto no hay adagio, sin fortissimo no hay pianissimo, y sin ornamento no hay simplicidad. La ley del contraste afecta a colores, formas, sonidos... y su dominio es la misma esencia del oficio del artista.

Los japoneses, muy sabiamente, incluían en sus interiores protominimalistas llamativos centros de flores, delicados grabados o pinturas, complicados diseños caligráficos, por no hablar de los peinados refinados, los vestidos complejos y estampados con intrincados dibujos...

En cambio en nuestras sosas cafeterías minimalistas los camareros van de negro, la vajillla tiene líneas puras, las luces están uniformemente repartidas, y hasta la comida tiene una cuidada presentación geométrica... ¡Socorro!

Aunque lo peor de todo es que ni siquiera esto es novedoso, en realidad la ineptitud para ornamentar, la falta de buen gusto para las florituras se ha dado en muchas épocas, pero sólo ahora se presenta esta pobreza, esta escasez de talento y oficio como una ventaja. La decoración japonesa de interiores, tomada superficialmente, es la perfecta coartada para esconder la ausencia de sentido estético. En nuestro diseño occidental se renuncia a nuestro legado técnico y artístico tradicionales, y a cambio se exhibe con orgullo la coherencia, la uniformidad, la simplicidad, las formas puras... el minimalismo... supuestas cualidades que al final significan sosez, aburrimiento, falta de recursos, pobreza... y todo por un estúpido complejo o miedo a caer en lo kitsch.

Es el razonamiento de Bush: para evitar hacer ornamentación de mal gusto eliminamos los adornos=para evitar incendios eliminamos los árboles.

Y así seguimos, dándole vueltas al pabellón de Alemania de Mies Van Der Rohe y su silla Barcelona. ¡Tanta revolución artística, tanta vanguardia, tanto diseño... y continuamos anclados en 1929!