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viernes, 18 de febrero de 2011

La llegada de la fotografía


Cuando se habla de la llegada de la fotografía, y del reto y la influencia que supuso para los pintores de la época siempre me ha parecido un análisis demasiado simplista y en cierto modo mentiroso. Porque si uno se molesta en investigar un poco descubre que:
  1. La fotografía surge en el entorno de los pintores, no es un experimento científico que los sorprende con su novedad, sino que es un intento de ciertos pintores -retratistas en su mayoría- de mejorar o ampliar la cámara oscura, que ya utilizaban. 
  2. Los primeros que apuestan por la fotografía son esos pintores retratistas, normalmente artistas de segunda o tercera fila, cuyo interés principal era sacar el parecido exacto. El invento fue ampliamente abrazado por este gremio, precisamente para los encargos de retratos y otros encargos de baja categoría. Por ejemplo, en Cataluña he visto ex-votos pintados (pintura mediocre por lo general, hecha por artesanos más que por artistas para un uso tradicional en iglesias y por gente generalmente humilde) en los que ya tras la aparición de la fotografía se sustituyen los rostros -la parte más difícil de pintar para estos pintores populares- por fotos.
  3. La utilización de la fotografía por parte de los grandes artistas es más bien anecdótica, sólo como apoyo, como herramienta para fijar bocetos, pero mantienen su uso más o menos en secreto. Degas, por ejemplo, ha utilizado fotos para sus bailarinas. Lo mismo Toulouse-Lautrec, Picasso...
  4. Los "encuadres fotográficos" que tanto suelen destacarse en los libros de arte cuando se habla del siglo XIX no son un invento fotográfico. En sus primeros años, la fotografía era casi desconocida, pero incluso después, las fotografías eran un objeto con cierto estatus de lujo. Por otra parte la composición era cuidada y calculada según los cánones más clásicos -recordemos que los primeros fotógrafos fueron pintores reconvertidos- en la que no cabía el atrevimiento de cortar un pie o una mano al retratado. La llegada de la fotografía impresa a la prensa es muy posterior, pues los procesos de impresión más directos eran sumamente caros y dificultosos. Es un buen ejercicio buscar revistas y periódicos antiguos. Descubriremos con sorpresa que durante casi todo el siglo XIX y en algunos casos incluso durante el siglo XX lo normal es que las fotografías se tradujeran a grabado para poderse imprimir en las rotativas. El auge del fotoperiodismo y la adopción generalizada de encuadres más casuales ("fotográficos") por parte de la fotografía es, curiosamente, posterior al uso de este tipo de encuadres en la pintura impresionista.
  5. Cuando se habla de la llegada de la fotografía, se tiende a pensar en una sociedad invadida de imágenes fotográficas en la prensa diaria, los carteles publicitarios, los hogares... pero la realidad del siglo XIX es que las fotografías, si bien eran conocidas, se asociaban al retrato o a entretenimientos de interés "científico" como los estereoscopios más que al tipo de imagen por antonomasia.
Por todas estas razones, me da la impresión de que la evolución de la pintura impresionista y sus contemporáneas fue prácticamente ajena al supuesto drama del naturalismo en arte, en el que la ganadora fue la fotografía frente a la pintura. Primero porque ya durante el siglo XIX la pintura de por sí se diversificó y no buscó únicamente el naturalismo. Se sucedieron y hasta convivieron una serie de tendencias y escuelas que se alejaron de la pintura oficial academicista, tales como la pintura realista, la prerrafaelita, la de los nabis, la simbolista, la impresionista, la postimpresionista, la modernista... El invento de la fotografía era, naturalmente, conocido, pero se relacionaba con un tipo de arte de segunda fila, dedicado a encargos modestos de retrato o el entretenimiento, o el registro científico de la realidad, pero en general no aceptado hasta bien entrado el siglo como perteneciente al Gran Arte de los salones. De hecho los pintores de prestigio no solían airear su utilización de la fotografía como referente para sus pinturas.

En mi modesta opinión -y puede que esté muy equivocado, me gustaría poder discutir esto con buenos conocedores del siglo XIX- la influencia de la fotografía está más en el hecho de que un fotógrafo (Nadar) apoyase a los "refusées"  y en el hecho de que eliminó de repente de la competencia gremial a los pintores "alimenticios" de retratos y encargos modestos. La pintura, con el paso masivo de pintores mediocres a la fotografía, quedó como un "arte puro", desligado de las servidumbres del encargo pequeño, y por tanto al alcance solamente de quienes tenían desenvoltura económica o bien una vocación desmesurada. Es decir, pasamos de la pintura como una profesión "normal" en la que algunos -los mejores- destacaban y llegaban al "Gran Arte" a una pintura cuya única función es "el arte por el arte".

En cierto modo, el Impresionismo es una manera de dar salida de nuevo a los que sintiendo una vocación puramente pictórica no tenían ni la desenvoltura económica ni el talento infinito para poder mantenerse siempre en el "Gran Arte", no sé si se me entiende. Con las vanguardias históricas los menos dotados para el arte pero con ganas de pintar hallan la manera de reentrar en la pintura, pues la moda, el estilo, lima las diferencias entre los talentos y la pintura deja de ser un terreno exclusivo para los talentosos...

Quizá en unos días esto me parezca una tontería, pero ahora mismo siento que las cosas cuadran de esta manera. No se entiende si no que haya tanta cantidad de pintura vanguardista mediocre, ya sea cubista, expresionista, abstracta o surrealista. Por supuesto hay grandes talentos en todos estos movimientos, pero si uno lee textos de la prensa de aquella época es consciente de dos situaciones nuevas y curiosas: por una parte el sentimiento de grupo de los movimientos de vanguardia, a veces llegando a extremos sectarios, en los que se nota que la pertenencia al grupo importaba más que el talento; y por otra parte la sensación de que la crítica andaba perdida, dando palos de ciego después de perder el norte primero con el impresionismo y ya francamente con la brújula bailando con la sucesiva llegada de "ismos" cada vez más apartados de los valores tradicionales del arte. Se nota que los críticos ya no entienden nada y por miedo a parecer poco modernos empiezan a aceptar cualquier movimiento y sin distinguir a sus miembros según su talento...

    viernes, 14 de diciembre de 2007

    Arte y Publicidad

    Hace poco, en el blog de Carmen Martín, mi mujer, un troll anónimo sacaba el tema de la publicidad con respecto a la pintura. Decía, demostrando una exquisita educación, que estábamos más interesados hacernos publicidad que en pintar.

    Creo que teniendo en cuenta el ritmo de producción de Carmen, él mismo se desautorizó. Quizá en mi blog no sea tan evidente saber a qué me dedico, pues aquí escribo mucho pero enseño poco mi obra, y esto no es lo habitual en los blogs de pintores.

    No obstante, en breve os bombardearé con lo que estoy haciendo ahora, aunque son papeles grandes y me lleva tiempo digitalizarlos, porque sólo puedo escanearlos a trozos, en las fotos no salen bien...

    Yo le dije al troll que la publicidad es una parte más del oficio. No es ya que guste más o menos, sino que viene en el lote. Es más:

    Hoy día, con la gran cantidad -y calidad- de pintores que hay, y sobre todo teniendo en cuenta lo despreciada que está la pintura por los poderes, la publicidad no sólo es recomendable para los pintores. Es imprescindible. Si quiero que mi obra se conozca -y por tanto, se venda- debo difundirla, debo mostrarla por todos los medios posibles. Internet tiene la ventaja de ser ubicuo, de estar a disposición de cualquiera que tenga un ordenador y un teléfono. Y encima se ve en todo el Planeta. Del mismo modo que Leonardo escribía su carta a Ludovico el Moro hoy los artistas hacemos o encargamos webs. Una de mis actividades habituales es redactar notas de prensa. A veces el trabajo informático me roba mucho tiempo, y no me queda tiempo para pintar... pero seamos sinceros. Es necesario hacerlo, y además me gusta, e intento sacarle jugo artístico a la realización de carteles, logotipos, calendarios...

    Si uno quiere vivir de lo que pinta hace falta que se mueva, que enseñe lo que hace, que sea pesado, que incluya su web y la de su mujer en el sitio más inesperado, que se haga publicidad y convenza a todos de que su obra es la mejor. Aunque claro, hay que tener esa obra, hay que haberla hecho para poder venderla y venderse como artista.

    Hay personas retraídas, entre ellas muchos adolescentes, que pintan "para sí". No enseñan sus dibujos o cuadros a nadie. Puede que haya muchos genios retraídos, pero la Historia suele prescindir de sus servicios...

    Puede que a algún romántico de los que todavía quedan le parezca que soy excesivamente crudo, que hablo sin empacho de vender y vendernos. Pero a estos les rogaría que revisen los libros de historia:

    Los pintores -y todos los demás- siempre hemos necesitado dinero para vivir. También los genios, sí. Esa figura del artista bohemio, que vive frugalmente y con dificultades y concibe su profesión como "el arte por el arte" es un mito. Y un mito interesado, diría.

    Los bohemios eran normalmente gente sin demasiados apuros económicos. Procedían de familias acomodadas, y si se cansaban de pintar -hubo muchos, pero lógicamente no son conocidos- volvían al seno materno y en paz. Los bohemios de hoy están en la misma situación. A poco que uno escarbe encuentra hijos de concejales, de industriales, de famosos...

    Yo odio esas imágenes del siglo XIX. Por culpa de la bohemia y del arte por el arte los artistas han dejado de ser respetados por la Sociedad.

    Es evidente que el artista es un tipo -o una tipa- que tiene la necesidad (casi) fisiológica de pintar, esculpir, hacer cine... pero por eso mismo debe buscar la manera de sacar partido a su habilidad, a su "don", creando cosas que puedan ser compradas. Necesitamos que nuestra obra se compre para poder seguir metidos en este ensimismamiento que es el arte. Y para ello necesitamos que se conozca y se admire. Esto no quiere decir renunciar a la libertad, hacer "arte alimenticio" o "comercial" sin arte ni nada. No. Se trata de lograr que te encarguen lo que a ti te gusta hacer. Es sorprendente lo que los ricos pueden llegar a encargar. La prueba la tenemos en los libros de historia. Los caprichos de los millonarios pueden ser de lo más extravagante, y de lo más estimulante para un artista. Pero también la gente de a pie que compra arte puede llegar a comprar lo que a uno le gusta hacer, si sabe venderlo. Está claro que no todos somos genios del marketing como Dalí o Picasso. Pero se puede llegar a vender razonablemente bien si el producto vale la pena, si tiene calidad. Incluso aunque los números se nos atasquen, como es mi caso o el de mi mujer. Pero centrémonos en el tema...

    Desde que aparecieron estas ideas, del arte por el arte y de la bohemia, el mundo del arte empezó a "amateurizarse". El artista ya no era un señor que hacía trabajos para el cliente potencial, para el público, en su taller, sino un aficionado, un amador (esto es lo que significa amateur, y es justo la palabra en portugués), que pintaba por el gusto de pintar y nada más. Si luego tenía éxito, mejor. Pero su heroicidad aumentaba al pintar si se lo comían los piojos y moría en la miseria.

    Yo pienso: bastante desgracia es nacer artista. Necesitamos tener la mente ocupada en el arte -nada peor que un artista frustrado- todo el día. Si encima eres tan estúpido de no buscar la manera de colocar tus cosas y vivir de ello...

    El arte por el arte ha llevado a que la individualidad o las rarezas de los artistas sean respetadas por encima de todo. El artista pasa a ser un loco genial. Los pocos elegidos que la oficialidad protege hacen lo que les da la real gana.

    Aunque si eres un elegido -e imagino que llegar a ser un elegido a nivel local o regional no debe ser muy complicado- eso es muy tentador, yo lo desprecio. No me gusta. Creo que intervienen valores -como la habilidad en el peloteo o la capacidad chupapollística- ajenos por completo al mundo del arte. El arte, como el cine, debería ser subvencionado mediante concurso público, en el que la obra final fuese juzgada por el público en general. Con transparencia. Como bien dice Mariano Casas en su blog:

    Existe una ley (que tampoco es extraño que se incumpla por aquí) que dice que cualquier obra pública que supere un presupuesto de 12000 euros (2 millones de pesetas) debe ser sometida a concurso público.
    Hay muchos ARTISTAS que han vendido su obra a edificios públicos por mucho más dinero, y sin embargo, yo no tengo noticias de que jamás se hiciese un concurso público de adquisición de obra artistica, mientras sí se hacen concursos para arquitectos, por ejemplo.
    Si ya existen corruptelas entre los arquitectos y constructoras (en Mugardos se investiga ahora una ), habiendo unas leyes claras ,¿como no las va a haber en el ARTE, cuando la supuesta esencia etérea de ese concepto hace que los políticos no se atrevan a legislar como una actividad más?.
    En definitiva, es la propia opacidad del "sector artístico" la que lo hace corrupto.
    Otra barbaridad es la "generosidad" que tan generosamente defendía el ínclito columnista Carlos Barcón respecto a su amigo Felín Nadales (por cierto, el día 31 de diciembre termina el plazo para votar en la encuesta).

    Esa generosidad, como decía Mariano también, es interesada. El artista que "regala" sus obras pone un "caramelo" al concejal de turno difícil de rechazar. Un artista profesional de verdad debe cobrar por su trabajo. Si el trabajo es bueno, debe ser pagado justamente. Me comentaba Francisco Pérez Porto, que fue contratado para hacer dos monumentos en Ferrol, y que a cambio da clases gratuitas de cerámica a quien quiera apuntarse en el Concello, que ahora da por descartado su segundo monumento -ya en proceso- pero sobre todo el sueldo que tiene y su taller, porque a los nuevos gobernantes les parece raro que un artista tenga un sueldo por un trabajo que realiza. ¿Y por qué no? ¿Es que vivimos del aire?

    El "no cobrar" es malo para el artista -que puede verse defraudado- y para el que contrata. Creo que los gallegos sabemos bien lo que es deber favores, ya en la aldea se nos inculca que no hay nada peor que eso.

    Por eso yo defiendo un modelo más profesionalizado del sector artístico. Nosotros realizamos un trabajo que no es -pese a la idea decimonónica- inútil. Se necesitan cuadros, estatuas, edificios, sinfonías, poemas, películas, para diversos usos. Siempre. Y esos trabajos deben ser pagados según su calidad, según su mérito. Lo que vale en todas las demás cosas también vale en nuestra profesión. ¿Por qué no?

    El camelo, vender mierda a precio de oro, no es solidario. Beneficia a unos pocos, pero poco a poco está arruinando y desprestigiando a toda la profesión.

    Es curioso lo que leí hace poco, sobre la teoría de la estupidez, de Carlo M. Cipolla, porque encaja a la perfección:

    Yo propongo volver al modelo de artista INTELIGENTE: el que beneficia a los demás buscando su propio beneficio. Pintar bien y satisfaciendo al público para vivir del talento propio.

    Porque el modelo del artista maldito, bohemio, del arte por el arte, es el del artista DESGRACIADO o INCAUTO: Beneficia a los demás, perjudicándose a sí mismo. Es pintar bien pero vivir en la miseria, al no dar a conocer la obra, sino esperar a que alguien la busque.

    Y hoy en día, en el arte oficialmente protegido, hemos llegado al modelo del MALVADO o BANDIDO: Perjudicar a los demás para obtener beneficios. Vender la nada o la caca propia, cosas feas, para enriquecerse.

    Cuando no directamente ESTÚPIDOS: los que pintan auténticas mierdas -o no pintan- sin llegar a enriquecerse.

    Os recomiendo leer atentamente todos los puntos de la teoría de la estupidez. Aunque parece una estupidez, es muy inteligente.

    Me enorgullezco, porque uno de sus puntos se parece mucho a lo que yo siempre dije: hay una proporción fija de gilipollas por metro cuadrado, muy abundante, y es constante en cualquier grupo humano que se nos ocurra.

    En fin. Yo al menos, pretendo ser INTELIGENTE, e intentaré escapar de las otras tres opciones.

    viernes, 30 de noviembre de 2007

    La Vanguardia Permanente

    Uno de los principios que sustentan el anti-arte, arte oficial actual, es el de que la vanguardia, entendida como necesidad de innovación, búsqueda de la originalidad es una condición universal y eterna del arte. Que arte y originalidad vayan indisolublemente unidos es algo que ya cuestioné en otro post anterior (La originalidad como motor del arte).

    Según la versión oficial de la Historia del Arte, los principios de originalidad, innovación, se pueden encontrar en el arte en todas y cada una de las etapas históricas y en todos los artistas de relieve.

    Es el mito de La Vanguardia Permanente. Sabemos, por la física elemental, que no es posible el movimiento continuo, en el que un impulso inicial empuja infinitamente un mecanismo. El rozamiento, el desgaste, acaban parando, por las pequeñas pérdidas de energía, cualquier mecanismo de perpetuum mobile por ingenioso que sea. Hoy en día los científicos rechazan sin titubear a aquellos que dicen haber inventado la máquina-motor permanente. Suelen ser embaucadores, gente que quiere vivir de una patente dudosa sin dar un palo al agua.

    La Vanguardia Permanente responde al mismo principio: Una vanguardia, impulso de renovación, es por definición efímera, poco duradera. Dinamita el terreno para que otros puedan edificar sobre las ruinas humeantes. Pero si la vanguardia sustituyese a la construcción permanentemente, llegaría un momento en el que nada quedaría para dinamitar. Es preciso que haya siempre antes de la vanguardia una etapa de construcción, si no la destrucción no tendría sentido: no podría llevarse a cabo ni serviría para nada. En sí, la idea de renovación, de innovación, está contrapuesta a la de perpetuidad, como es evidente.

    El mito de la Vanguardia Permanente, se muestra más falaz todavía si se pretenden explicar con criterios de vanguardia los hechos del pasado artístico. Me explico. De ser cierto que el arte va unido siempre a la originalidad, el arte egipcio no puede ser considerado arte; los egipcios hacían precisamente de la continuidad, de la inmutabilidad de los cánones, su mayor orgullo.

    Ni siquiera este impulso de querer repetir, de lograr un lenguaje fijo, clásico, y no la inestable originalidad es exclusivo del arte egipcio. Sin ir más lejos, sigue vivo hoy en nuestros dibujantes adolescentes, que se empeñan en alcanzar y perpetuar las soluciones del cómic japonés -manga- y atesoran con orgullo esa influencia. El estilo manga, aunque nos pese, ha venido para quedarse, y hoy inunda la estética joven en películas, cómics, publicidad... Dígale usted a un chavalín que dibuja guerreros o mariposas estilo manga que sea original, que no copie a los japoneses. No lo entenderá, porque el manga "mola".

    En un alarde de prepotencia, pero también de manipulación, o si acaso simpleza, la historia del arte que oficialmente nos presentan, busca elementos genio entendido en el sentido moderno, de originalidad, no ya en Egipto -que también- sino en artistas clásicos como Leonardo, Miguel Ángel, o Rafael, obviando la enorme importancia de los talleres en que cada uno aprendió su oficio, las influencias que recibieron, de sus amistades, las escuelas locales de cada ciudad...

    Se pretende que el arte sólo se entienda como la historia de la innovación. Pero no en el sentido técnico, como hicieron los griegos cuando hablaban de la conquista de la mímesis, o Vasari en sus "Vidas", sino como una recopilación de rebeldías y ocurrencias. Se convierte a todos los artistas de la historia en vanguardistas de su época, cuando la idea del "Más difícil todavía", cuando el prestigio de la palabra "nuevo" tiene sentido sólo en nuestro entorno consumista. En el pasado se valoraba más la tradición, el oficio, que la novedad.

    Desengañémonos: el adjetivo "nuevo", que tan útil es hoy para vender detergentes o coches, pero también obras de "arte contemporáneo", no se utilizó como reclamo antes del siglo XIX, o si acaso el XVIII, es decir, cuando el arte empezaba a ser mercancía con la que especular. Realmente este adjetivo empieza a ser imprescindible en nuestra profesión con la vanguardia, para atraer a coleccionistas ricos y con poca cultura, que se guiaban de gurús, críticos o entendidos antes de invertir en arte.

    Según el criterio hoy en boga, si Goya es importante no es por su fabulosa maestría, imaginación, cultura, por la intensidad de su trazo y la fuerza de sus obras, sino por haber sido precursor del impresionismo. ¿Precursor? ¿No será más bien que influyó en los que vieron sus obras, tanto en su época como mucho después? En esta profesión, los hallazgos afortunados -que no tienen por qué ser novedades, sino simplemente características que se ponen de moda o tienen cierto éxito- son imitados hasta la saciedad por los que vienen después, sean o no discípulos. Es muy significativo que después de Giotto la pintura italiana se transforma, alejándose un poco más del modelo bizantino. Se habla de renovación. Pero en realidad, ¿no estaba Giotto volviendo a una forma de pintura anterior, la de los pintores romanos? ¿no se encontró en Roma con los frescos de Pietro Cavallini, muy diferentes a la pintura que conocía en Florencia? ¿No recibió influencia del clasicismo romano (y del arte de centroeuropa) a través de las esculturas de los Pisano, padre e hijo?

    No existe la tan traída y llevada originalidad, sino diversas influencias, y cambios en los gustos a lo largo de los siglos. Si miramos en su conjunto la Edad Media en el arte italiano vemos que los estilos europeos más fuertes, como el románico y el gótico, nunca llegan a cuajar totalmente en el país, que presenta versiones propias, "romanizadas" hasta grados extremos de los estilos internacionales. Lógico, en unas tierras que fueron cuna del Imperio, y en las que las ruinas clásicas eran más abundantes y de más calidad que en ninguna otra parte de Europa.

    En cualquier caso, creo que los criterios vanguardistas sólo sirven para la época en que esos criterios influyen en la concepción del arte. Y me da la impresión de que empiezan a no ser válidos ya.

    Ilustraciones:
    1. Perpetuum Mobile de Villard de Honnecourt, año 1230.
    2. Desarrollo del Canon Egipcio
    3. Dibujo manga-Disney de Jen Wang
    4. Cuadro picassiano de Jackson Pollock
    5. Bella cabeza pintada al fresco por Pietro Cavallini, en un estilo muy semejante al de Giotto.
    6. "El beso de Judas", una de las escenas de la vida de Jesús en la Capilla Scrovegni, por Giotto.

    viernes, 23 de noviembre de 2007

    El traje nuevo del emperador

    Hace años, desilusionado, asumí que en Bellas Artes en lugar de enseñarnos los secretos del dibujo y la pintura nos enseñarían a odiar el arte y amar la mierda en lata. La impostura de lo que nos "enseñaban" me pareció tan evidente, tan obvia, y la manera de adoctrinar tan abusiva e injusta, que muy a mi pesar decidí dedicar parte de mi tiempo a combatir el engaño, a denunciarlo y hacer lo posible por subvertir el sistema establecido.
    En mis tiempos de estudiante colaboré activamente con la revista de la ACME, totalmente proscrita y clandestina, y hoy aporto mi granito de arena con este humilde blog.

    Toda ayuda es bienvenida. Mi mujer, ya en la facultad, tomó la decisión, contra la engañifa, de trabajar como una bestia. Eso ahuyenta bastante a los moscones, amigos del vagueo y la subvención, y les hace mucha pupa. Creo que es, al fin y al cabo, lo más útil para luchar contra la impostura en general.

    Pero por la razón que sea, otros, como mi amigo Mariano Casas, o yo mismo, necesitamos antes hacer una toma de posición y construcción teórica, que contestase los argumentos del anti-arte. Para vencer era necesario convencer. Aunque realmente, para nosotros, es triste tener que esforzarnos en teorizar, en denunciar los engaños en vez de dedicar todo el tiempo a nuestra carrera artística. Pero no nos queda otra, no podemos esperar a que los expertos denuncien una situación que aunque afecta a toda la Sociedad, es a nosotros, los artistas, a quienes más daño hace.

    Desde el primer momento en nuestro grupo de "rebeldes" en Pontevedra, encontramos apoyos en filósofos, artistas actuales, artistas del pasado y gente corriente que opinaba lo mismo que nosotros.

    Si hay un símbolo, una referencia conocida por todos y que ilustra a la perfección todo lo que está pasando en el mundo del arte, y en otros aspectos de nuestra sociedad neoliberal y capitalista furibunda, es lo narrado magistralmente por Hans Christian Andersen en su famoso cuento

    "El traje nuevo del emperador"

    En el enlace tenéis el cuento completo.

    Este cuentito infantil deja al descubierto todos los ingredientes del engaño que encierra el mal llamado arte moderno o contemporáneo, al que nosotros preferiríamos llamar arte oficial, pero que para distinguirlo del arte propiamente dicho denominamos, como hacía Duchamp, anti-arte.

    En el cuento, los timadores que venden la tela inexistente dicen que es una tela mágica: los que no son adecuados para su cargo o estúpidos creen que no hay nada.

    Lo curioso es que con el anti-arte pasa lo mismo: los que no son cultos o no abren su mente no pueden ver qué tiene de artístico una sala vacía, una lata llena de caca, o matar un perro.

    Yo debo ser muy inculto y muy cerrado mentalmente porque tampoco lo veo.

    Aunque aparentemente lo sencillo es aceptar que el anti-arte es arte, tal y como nos dicen, los hay que por más que nos esforcemos no conseguimos ver arte en él. No somos capaces de aceptar alegremente que el arte actual, como nos dicen las revistas especializadas, es el de esas "cosas" y no lo que nosotros pintamos. No somos capaces de comprender qué tienen en común los autorretratos de Rembrandt o las mujeres desnudas de Modigliani con unas bolsas llenas de periódicos o una foto de hace 50 años con las caras manchadas de rojo.

    En este punto, cuando ya estoy a punto de abandonar, porque me empiezo a considerar zafio e inculto, pienso en el cuento de Andersen y me reconforto. Luego, ya más tranquilo, recuerdo la famosa frase de Abraham Lincoln:
    “Se puede engañar a una parte de la gente todo el tiempo; se puede engañar a toda la gente una parte del tiempo, pero no se puede engañar a toda la gente todo el tiempo”.

    El arte siempre ha sido un pasatiempo para aristócratas, pues sólo las clases altas podían pagar los servicios de los artistas. Como decía una frase anónima, "el arte tiene amantes pobres y maridos ricos". Pero antiguamente el pueblo admiraba a los grandes artistas. Había un mínimo de calidad, un interés de la élite por conseguir lo mejor, lo más exquisito. Esto lo explica muy bien Mariano Casas en su blog.

    Con la llegada del arte contemporáneo, prácticamente desde que empezó a utilizarse el término, es decir, desde el siglo XVIII y el XIX, el arte empezó a ser entendido cada vez por menos gente. La aparición sucesiva del Romanticismo, del Realismo, del Impresionismo y finalmente las Vanguardias Históricas, fue distanciando al arte del público, que cada vez entendía menos lo que se le presentaba. El arte que se fue perfilando como el actual anti-arte en una lenta evolución desde posturas de revival vanguardista, acrecentó la brecha entre público y artistas hasta puntos extremos. Un supuesto arte ultra-elitista, cuyo ejemplo más claro puede ser Damien Hirst, con obras que se valoran en millones de libras, y que consisten en animales muertos y embalsamados parcialmente, calaveras cubiertas de joyas...

    La supuesta rebeldía de éste y otros "chicos malos" consiste en vender cosas carísimas a la gente que las puede comprar. Lógicamente, el 99% de los mortales, quedamos fuera de su alcance.

    Sorprendentemente, este camino va parejo a la universalización de la Democracia. Pese a su evidente bondad, la democracia sigue siendo gobernada por las mismas clases altas, la misma aristocracia de antaño. Pero ahora, para mantener el poder en las manos de los de siempre, se necesita abrir cada vez más la brecha entre las clases bajas y altas. Como bien señala Mariano Casas en su blog sobre la ESO,

    Yo creo que los gobiernos democráticos tienden a tener unos sitemas educativos defectuosos a propósito.
    Un amigo, también profesor, planteó esta idea un día, conversando, y a mí me pareció una locura, pero cada día estoy más de acuerdo con él.
    En los gobiernos autoritarios la educación directamente se manipula y ya está, como la tele, los medios o todo lo que pueda tener un receptor pensante.
    Las democracias no pueden hacer esto, los gobernantes y políticos no pueden usar la enseñanaza como objeto de prolongación de su poder. Así que simplemente la dejan degradarse, y que se cree una sociedad hiperconsumista, con sentido crítico ausente o tendente a cero, y en la que hacer política se limite a gestos vacíos de contenido, dirigidos a una masa carente de juicio válido, y por tanto, manipulable al 100%.
    Es como una tiranía incruenta, con una clase política privilegiada, y una plebe adicta a pasar el fin de semana en grandes superficies, y cuyas únicas preocupoaciones son saber en qué equipo correrá Fernando Alonso, o si Raúl irá al mundial.
    Sus preocupaciones deberían ser otras, porque de hecho es una masa social que de algún modo vive tiranizada y oprimida, pero que ni siquiera ES CONSCIENTE de ello.

    Las décadas previas y posteriores a los años 50 del siglo XX son decisivas para entender como se gestó nuestro mundo actual. En esa época se extendieron dos ideologías: el socialismo y el liberalismo. El socialismo en la Europa de entonces no tenía demasiado que ver con el socialismo real de Rusia o China. Era un ideal, bastante utópico, irrealizable. Pero al menos pretendía contrarrestar la fractura social, que era ya una tendencia muy marcada.
    El liberalismo, en cambio, justificaba el capitalismo como el mejor sistema, e incluso como el sistema "natural", "único" de regularse la Humanidad. En el fondo, el análisis marxista, también estaba sirviendo de apoyo a estas tesis, al hacer hincapié en los medios de producción.

    Todos sabemos qué ideología venció. Hoy día, hasta los partidos socialistas europeos utilizan análisis y políticas económicas de corte liberal o neoliberal. Pertenecen a las internacionales liberales del mismo modo que sus oponentes de derechas. Y si acaso, se diferencian en un mayor peso de la política social, que principalmente les sirve para suavizar una imagen mercadotécnica excesivamente cruda.

    Pues bien: en esa época, los artistas se dividían igualmente en dos tendencias: los que pretendían descartar la vanguardia como método, para hacer un arte social y expresionista, en el que entraran de nuevo los sentimientos. Se quería devolver el arte al pueblo, es decir, hacer un arte de masas.
    Enfrente, estaban los que se asentaban en el método vanguardista -que tan buenos dividendos había dado a la primera generación de artistas modernos- y no se preocupaban del público sino de la élite que les daba las ganancias.

    En realidad los artistas no se daban mucha cuenta de esto, para ellos era una cuestión de libertad individual, como para los empresarios el triunfo del liberalismo supone alcanzar cotas de libertad reales. Liberalismo económico -es decir, desarrollo sin cortapisas del capitalismo- y Anti-arte -desarrollo sin cortapisas de la vanguardia- han ido parejos, y se han apoyado mutuamente.
    El anti-arte, aprovechando el prestigio cultural y contracultural del arte de vanguardia, se utiliza para limpiar la imagen excesivamente inhumana y maquinal del liberalismo económico.
    El liberalismo se utiliza para justificar la vitalidad y la calidad del anti-arte, pues se supone que en un sistema capitalista, liberal, democrático, lo que funciona económicamente lo hace por deseo expreso del pueblo, que sabe lo que es bueno y lo pide, y no por un empeño del poder.

    Pero esto no deja de ser una falacia más o menos ingeniosa. Ni el liberalismo es un sistema neutral o natural, no dirigido, ni todo lo que el sistema nos vende es real, bueno o está vivo. El sistema, a poco que lo analicemos, necesita crear en nosotros, constantemente, necesidades ficticias -por ejemplo, cambiar de móvil cada seis meses- porque se sustenta en el consumo, en el despilfarro. No puede haber nada menos natural, nada más intencionado, nada más dirigido.

    Una típica polémica falaz de este estilo es la de la telebasura. Los directivos de televisión justifican la emisión de telebasura no por sus motivos reales (es mucho más barato producir programas de telebasura que cualquier otro tipo de programas) sino diciendo: "La gente es lo que pide. Los índices de audiencia lo demuestran".

    Quitando que las cadenas de televisión no están obligadas a emitir siempre lo que tiene más audiencia, quitando que pueden influir notablemente en la audiencia de los programas mediante marketing, quitando que los programas de telebasura tampoco son siempre éxitos -aún recuerdo la retirada de El Bus o de Escuela de Actores- hay una razón más: la gente no puede pedir nada, ve lo que se emite. Si emites mierda, verán mierda. Yo mismo he visto alguna vez, hipnotizado, la teletienda. ¿Quién no?

    Lo que está muy claro es que la élite necesita una masa manejable, y por tanto, dormida. Se cuentan miles de mentiras, a cada cual más gorda, y nadie mueve un dedo. ¿Miedo? Peor, acomodación. Como bien señaló Marcuse, la alienación está enfocada en la conciencia misma del hombre moderno, y por tanto no hay forma alguna de escapar a la coacción (de la Wikipedia). En la aséptica "V de Vendetta" se muestra una distopía que no es más que la caricatura de nuestra sociedad, y no deja de parecer ingenuo ver cómo un solo hombre consigue desbaratarla, del mismo modo que en el cuento de Andersen un niño basta para que todos se den cuenta del engaño.

    Pero a pesar de todo, yo no pierdo la esperanza.

    La necesidad de ser un arte para la élite, ha sido desde luego una de las claves del éxito del anti-arte. Pero ahora, eso mismo precipitará su hundimiento.

    Para entender por qué lo digo, pensemos en el low-cost. Aunque la élite tiene maravillosos productos de primera línea, como Porsches, Ferraris, televisores de plasma, ropa de Armani, Manolo's, etcétera, el sistema produce productos de imitación, de segundas marcas, que tienen un precio muchísimo más bajo. De este modo la plebe mejora un grado más su bienestar paralizante, y olvida su opresión, el engaño en el que vive. Aunque sólo la plebe se lo cree, la élite sigue viéndolos como plebe. Leamos un texto de Rafael Reig (extraído de Escolar.net):

    Los ricos de verdad serán muchas cosas, pero idiotas del todo no son. Una camisa parecida a la que llevan no les va a engañar, se lo aseguro. Tienen esa cualidad tan sorprendente que Monterroso ya detectó en los enanos: se reconocen entre sí a simple vista. Para eso, han inventado la distinción, que no es más que una forma de distancia; es decir, de mantenernos a distancia a los demás.

    Recuerdo haber leído en Gibbon que se discutió en el Senado romano la posibilidad de uniformar a los esclavos. Al final, decidieron que era demasiado peligroso porque si llevaban uniforme, ellos mismos se darían cuenta de cuántos eran: acabarían rebelándose. En mi opinión, eso es el low cost: no somos unos desgraciados, tenemos nuestro móvil, nuestra pantalla de plasma, muebles de Ikea y ropa de Zara. Los bancos, esos filántropos, nos ayudan a comprar una casa, un coche o un ordenador. ¿Qué más queremos? ¿De qué nos quejamos? No somos esclavos: podemos ir vestidos como los ciudadanos libres.

    Mas no seamos pesimistas. Como siempre, ningún análisis de futuro predice todo. Por ejemplo, cuando parecía que el mundo se dividiría por siempre jamás en bloque capitalista y bloque comunista, cae el Muro de Berlín.

    Ocurre que Lincoln tiene más razón que un santo. Si el engaño deja de estar en un grupo pequeño enseguida será descubierto. No se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo. El sistema ha cometido muchos errores, y por ahora más o menos ha sabido mantenerse. Pero empieza a hacer aguas. Al menos en lo cultural.

    Mientras el arte contemporáneo fue arrebatado al gran público y se limitaba a un espectáculo para multimillonarios, el sistema basado en que el anti-arte es arte funcionó bien. La plebe no comprendía cómo un millonario pagaba muchocientos dólares por una lata llena de caca. Pero lo aceptaba, desde siempre se asume que los ricos son "extravagantes".

    Al público en general se le mostraban los temas ya masticados, rematados. Por ejemplo, una visión heroica, edulcorada, de las Vanguardias Históricas, y se les dejaba a Picasso y a los pintores antiguos. De este modo lo de "yo es que no entiendo" funcionaba maravillosamente.

    Pero ¡ay! la codicia. La codicia inconmensurable de los políticos, que inauguraban museos de Arte Contemporáneo hasta en el patio de tu casa si lo dejabas abierto de noche, la de los opinadores (gurús y expertos), la de los editores, la de las fundaciones, los bancos, y hasta de los profesores de la carrera de Bellas Artes, en un momento -los años 90- en el que el negocio iba muy bien, hizo que como decía el cuento, entre todos "matasen a la gallina de los huevos de oro".

    El negocio iba tan bien, la teoría iba tan bien, los eventos tipo Bienal de Venecia y Documenta, Arco, etc, iban tan bien, la venta de libros, los programas de TV especializados... todo iba tan viento en popa que se pensó que al fin la gente corriente (la plebe) ya estaba preparada para asumir la modernidad. Ya todo el mundo podría entender el ready-made y la caca enlatada, y admirar a las señoras que semidesnudas se daban latigazos con la cabeza tapada por una capucha de raso.

    Así que se preparó la versión low-cost del anti-arte, una campaña de popularización y consagración de figuras por todo lo alto. Las fundaciones como Caixa Galicia, las salas municipales, los museos de arte contemporáneo, los libros de Taschen, ya podían libremente dejar ver lo que hasta ahora estaba reservado a la élite.

    Pero ocurrió lo peor. La gente, en lugar de pelearse por los productos low-cost del Gran Arte Contemporáneo, para imitar a sus ídolos de la élite -que compran por ejemplo, camas deshechas con manchas de sangre de regla- optaron por reírse. Igualito que el niño del cuento.

    Y en esas estamos.

    Algunos avispados empresarios, como Saatchi, se dieron cuenta y han reaccionado a tiempo, dando un giro de 180º a sus inversiones en arte. ¿Qué pasó?

    Pues sencillamente, que las camas deshechas, los tiburones en formol, las salas vacías o las latas de caca no son, pese a su precio, pese a su marketing, bienes deseables, anhelados, codiciados con envidia como los Ferraris o las teles de plasma. Son -en muchos casos, literalmente, m-i-e-r-d-a. No valen nada. Un simple bluff. La élite misma había sido engañada. Y por doquier empieza a naufragar el negocio del arte contemporáneo, aunque apenas lo notemos todavía. El sacrosanto edificio teórico que lo sostenía era puro sofisma, muy aparente. Pero curiosamente, en este perfecto mundo liberal, capitalista, democrático, moderno, el arte necesita tener la misma función de siempre, que es algo más que ser comprada por la élite.

    Mientras la plebe desconocía el anti-arte, los ecos de los happenings sonaban a rebeldía. Pero cuando a los mileuristas se les presentaron libros con cientos de ilustraciones de objetos horribles, espantosos, como caballos colgados del techo, que mostraban más que ingenio, caradura, el pueblo llano entendió al fin que de rebeldía, nada. Nada auténtico, nada que no hubiese sido previamente pactado, subvencionado y programado. Se rieron de los anti-artistas, de los opinadores, y de los millonetis que alguna vez pagaron algo.

    Pero ¿por qué la élite no notaba el engaño? Primero porque según la ley de Lincoln, era un grupo pequeño, y es fácil mantenerlo engañado. Pero además porque la gente de la élite, que no necesita gran esfuerzo diario para mantener un buen nivel de vida, con lujo incluido, no nota fácilmente la diferencia entre lo auténtico, lo que lleva un trabajo o sinceridad detrás, de lo que es puro oportunismo aderezado con teatro.

    Los bufones siempre han buscado a los ricos, no a los pobres. Porque el pobre sabe cuánto cuesta ganar mil euros, por lo que jamás tolerará que un niñato de palabra fácil, con manos impecables, sin callos en ellas, le pida cien mil euros por un frasco lleno de babas o heces.

    Lo que no sabe mucha gente, y debería saber, es que a pesar de todo, están pagándole a esta gente sus pasatiempos. La mayor parte del dinero que en España se invierte en el llamado arte contemporáneo (anti-arte), es dinero público, es decir, salido de todos y cada uno de nuestros bolsillos. Subvenciones, museos, colecciones, estudios, facultades como la de Pontevedra... todo lo pagan nuestros impuestos. Y eso ya no es para reírse, sino para cabrearse.

    jueves, 11 de octubre de 2007

    Artistas y filósofos

    En este blog llevo desde hace unas semanas una tertulia con un anónimo visitante cuya firma es "xx". A diferencia de otros anónimos que básicamente se dedican a trollear -alguno he tenido también- este es un anónimo con el que se puede mantener una conversación.

    Las larguísimas discusiones que estamos teniendo, que se pueden leer en los comentarios de las últimas lérias o entradas de este blog, sacan a la luz aspectos bastante sutiles del debate sobre el arte contemporáneo, que constituían parte de las broncas con profesores y alumnos que teníamos en Bellas Artes en Pontevedra, donde lo ultramoderno era la norma, y sólo unos pocos nos rebelábamos, e intentábamos razonarles el porqué.

    Tener que contestar periódicamente a mi anónimo me ha hecho rememorar muchos aspectos de ese debate. Sólo que ahora puedo afinar mis argumentos como no tenía sentido hacer en Pontevedra, donde el debate más se parecía a un diálogo de besugos.

    Releyendo la polémica generada por nosotros dos en la última "léria", encuentro este fragmento de mi anónimo:

    Un artista solo es una persona que tiene una forma personal de entender el mundo, y se lo comunica a los demas. No entiendo, ni comparto, a los que pintan para simplemente darse satistación (lo que se denomina vulgarmente "pajearse"). Tiene que haber un querer comunicar, y el público es tan importante como la misma intención de comunicar.

    Aquí se expresa una concepción del artista y de la necesidad de comunicar muy extendida -sobre todo en los que han estudiado a Beuys- pero que yo no comparto.

    En primer lugar, dice anónimo xx: Un artista solo es una persona que tiene una forma personal de entender el mundo, y se lo comunica a los demas.

    Yo, en cambio, pienso que TODO EL MUNDO, y no sólo el artista, tiene una forma personal de entender el mundo, y se lo comunica a los demás. Rajoy, por ejemplo, constantemente deja clara su forma de ver el mundo y la comunica, incluso haciendo vídeos para Youtube. Lo mismo hace un aldeano que critica a los recién llegados, o una ama de casa cuando se queja del precio de la verdura. Cuando montas en un taxi y el conductor te cuenta su vida, ¿está haciendo arte?

    No creo que la forma de entender el mundo de Picasso, por poner un ejemplo que cabree, sea mejor ni peor que la del vecino del 5º o de Bill Gates. Son diferentes, y merecen todas ellas ser o no comunicadas. La televisión nos demuestra cada día que la forma de entender la vida de la gente corriente interesa tanto o más que la de los famosos.

    Si a lo que se refiere nuestro anónimo es a una forma global, coherente, totalizadora de entender el mundo, y que sea eso lo que se comunica, no está describiendo a un artista, sino a un filósofo. Porque es esa, justamente, la función de los filósofos.

    Por supuesto, la obra de un artista deja ver qué filosofía está detrás, aunque del mismo modo que las cavilaciones del aldeano, del ama de casa o el taxista parlanchín: todos expresamos -comunicamos- de vez en cuando nuestra filosofía particular.

    Para que podamos admirar una obra de arte no es necesario siquiera saber qué visión del mundo, qué filosofía está en la cabeza del que la hizo. En la Historia del Arte abundan -en una proporción apabullante- las obras de arte anónimas, es decir, en las que no podríamos ni imaginar cuál era la visión del mundo del artista, porque simplemente no tenemos ni idea de quién -o quiénes- ha sido ese artista.

    Para mí, eso de la visión personal y tal, es pura literatura, misticismo, cuestiones borrosas y ambiguas, que a mi cerebro le repugnan hasta provocarme irritación.
    No digo que no haya habido artistas más o menos místicos, o que tenían un ego tan subido que se creían el ombligo del mundo... pero para mí eso es algo accesorio, digamos "pintoresco", que da pinceladas curiosas sobre el carácter de un artista que admiro. Pero sin mucho más valor quesaber si tenían alguna manía como comerse las uñas, o si eran huraños, cojos, o si hablaban bajito. Sé -porque lo he leído- que Blake, Odilon Redon, Van Gogh, Dalí... eran bastante místicos o al menos "raritos". Pero para mí, el gusto o disgusto por sus cuadros se ve muy poco afectado por ese dato.

    En una palabra: la personalidad de un artista no hace que me interese su obra. Es al revés: la obra hace que me interese por el artista si tengo tiempo de investigar esa cuestión más tarde.

    Si quiero recibir una visión del mundo interesante, que me haga pensar y esas cosas, no lo buscaré nunca en un museo, ni bajo la boina del aldeano, el comedor del ama de casa o el taxi -con todo el respeto- sino en donde ese material se recoge: los libros de filosofía. Buscar elementos filosóficos en un cuadro o una serie de latas de caca puestas en fila es un simple pasatiempo que puede resultar hasta frustrante. Como lo sería buscar filosofía en lo que produce el aldeano (por ejemplo, lechugas), el ama de casa (una rica tortilla de patatas) o el taxista (un viajecito de una parte a otra de la ciudad). Si queremos pajearnos pensando que la filosofía está ahí y no en nuestra cabeza, pues allá cada uno, pero NO está ahí. Incluso aunque el artista, el campesino, el ama de casa o el taxista sean auténticos filósofos naturales. Porque su filosofía la podremos encontrar hablando con ellos, leyendo entrevistas que les hagan en ese sentido, o si acaso -y de modo más eficiente- si conseguimos un tratado filosófico escrito por ellos. Como decía Matisse, cuando un artista mira una manzana para comérsela la mira como cualquier otra persona. El artista mira como artista cuando mira la manzana para pintarla.

    En mi caso, tengo la experiencia no sólo de ser artista yo mismo, de ser hijo de artistas y marido de una artista. Es que además doy clases a algunos futuros artistas y conozco artistas activos que son mis amigos. Por poner un ejemplo:

    Cualquier entendidillo que vea las películas de mi amigo Juan Pablo Etcheverry -excepto la última- podrá pensar que Juan Pablo es una persona cruel y con una visión del mundo caótica y descarnada. En sus películas aparecen serpientes que habitan cuerpos de drogadictos-robots, conejos y pollos de plastilina... que son sacrificados brutalmente cuando buscan trabajo, personajes cuyo autor decapita por un quítame allá esas pajas...

    Pero resulta que Juan Pablo es amigo desde hace años, y he pasado muchas horas, altas y bajas, con él. Pues bien, para todos los que lo conocemos, Juan Pablo es una de las personas más tranquilas y afables que existen. Con la cabeza bien amueblada y que no suele levantar la voz. Una paciencia proverbial, aunque otra cosa es trabajar con él, claro. Pero en fin, nada que ver con la "filosofía" (perdón, forma personal de entender el mundo) que destilan sus películas.

    Creo que independientemente de las teorías que uno pueda tener hay una serie de categorías que organizan nuestra mente, y la mixtificación de ellas, inevitablemente sólo lleva a la confusión mental y el caos. Si queremos arte busquémoslo en las obras de arte, y si queremos filosofía consultemos la obra de los filósofos.

    Me parece estupendo que marchantes y comisarios consigan vender latas de caca o tiburones en formol semi-podridos a ricos tejanos, y que les cuenten el oro y el moro, y que les presenten catálogos, currículos, certificados de autenticidad o actas de nacimiento. Como si les quieren vender La Luna o los milagros del Agua Magnética. Es su negocio y son sus clientes.

    Pero que todos los demás tengamos que cambiar la forma de entender lo que es arte y lo que es filosofía, y un montón más de categorías, llegando a una zozobra lógica y de confusión de conceptos total, sólo porque el razonamiento lógico no se adapta a la realidad de ese negociete... pues como que no.

    miércoles, 10 de octubre de 2007

    Misticismo

    Desde que decidí dedicarme a este oficio, cuando todavía jugaba con las piezas del Lego, tuve muy claro que quería dedicarme al dibujo y la pintura.

    En mi decisión influyeron notablemente dos estímulos, aparte de que mis padres eran artistas:

    El primero, como ya comenté, fueron los dibujos de Hockney en un libro de técnicas y materiales artísticos de la famosa editorial Blume.

    El segundo -y esto no lo sabía nadie hasta ahora, casi ni yo- fue una serie dramatizada sobre la vida de Leonardo da Vinci, creo que de la RAI. Leonardo iba ensanchando su mente con el dibujo y yo sentía lo mismo.

    Por supuesto, en casa de mis padres encontré libros de arte que me permitieron empaparme de Durero, Ingres, Picasso, y otros grandes del dibujo.

    Conocía a la pandilla de los dadaístas desde pequeño, pero jamás me produjo demasiada admiración. Curioso, sí, pero nada que me impresionase o me impulsase a imitarlos.

    Cuando fui conociendo otras tendencias, como el pop americano, con Rauschemberg, Lichtenstein, Warhol y demás, no me sentí atraído en absoluto. Lo mismo me ocurrió cuando a los 15 años me regalaron el libro de Norbert Lynton, "Ver el Arte". Muy bonito, cierto, pero no me impresionó nada la última parte, en la que se hablaban maravillas de los artistas de performance como Beuys y otros.

    Cuando llegué a Pontevedra, en seguida quisieron "abrir mi mente" hablándome del discurso, el arte objetual, la ruptura de las fronteras y otras cosas...

    Pero, después de tantos años, de pasar épocas en las que dibujé a todas horas y otras en las que apenas toqué un lápiz, constato que sólo lo que excitó mi ardor juvenil y mi interés por el arte en la adolescencia sigue haciéndolo hoy día.
    Sólo de los que admiraba entonces y otros que he ido añadiendo después, todos ellos principalmente dibujantes o pintores, saco fuerza para mis trabajos más enérgicos, para los que se diría -usando una terminología hoy proscrita- más inspirados.

    Siempre que he tenido que mirar hacia el neodadaísmo, el conceptualismo, el minimalismo o cualquier ismo posterior a los años 50 y que recibe el beneplácito de los comisarios de arte en boga, he sentido un desánimo, una falta de fuerza y desinfle tal que sólo puedo compararlo al que siento cuando miro hacia la escuela parramonesca y su sosa interpretación sobada y cutre de la tradición.

    Como cuando se oyen esas melodías repetitivas, que continúan machacando la cabeza después de extinguirse el sonido, cada vez que alguien me intenta convencer de que "abra mi mente" a introducir a Beuys en mi Olimpo de grandes artistas, siento el runrun del razonar, que no cesa, y que desgraciadamente me impide admitir el misticismo dentro de mi estructura mental.

    A pesar de que mi profesión es el arte, al que se supone acompañante de la religión desde Altamira, siento que todo eso del misticismo, del artista-demiurgo, el artista-dios, el ego-artista, etcétera, no es más que palabrería. Pienso en Picasso trabajando frenéticamente la cabra durante cinco horas en la película de Clouzot, o en Matisse recortando papeles pintados cuando sus manos ya no respondían, y esas potentes imágenes barren toda la teatralidad de la puesta en escena de tantos y tantos ingeniosos artistas contemporáneos con su discurso y su programa, su proyecto o su performance.

    Debe ser un defecto mental. Cuando se me define la pintura como "la actividad artística nacida a principios del siglo XX, con la liberación de los soportes tradicionales", tal y como hizo Ruiz de Samaniego, hoy flamante comisario bienalístico veneciano -profesor de Bellas Artes en Pontevedra cuando yo estudiaba allí- mi cerebro, antiambiguo, antimístico, antiilógico, me trae imágenes, bellas y potentes imágenes mentales, completas en color, olores y sonidos, de los pintores egipcios iluminando con sus vibrantes azules y rojos, con sus trazos firmes y sabios, las umbrías tumbas de los nobles y los faraones. O aquellos griegos que por divertimento pintaron uvas que los pájaros mismos querían picar. Me viene la imagen de Giotto encaramado en sus andamios pintando en la Capilla Scrovegni, o, cruzando siglos en cuestión de segundos, la imagen de un Picasso sudoroso y sin camiseta, cuando se enzarzó con rayajos y enfados consigo mismo intentando dar forma al fabuloso Guernica.

    Luego, por si me quedaban dudas, mi cerebro, diligente, trae a mi mente el recuerdo de la visión en directo de algunas de las mejores composiciones de Tápies, o los enormes ploteados de Broto, o las serigrafías de Haring... y la pobreza de esas imágenes, tan estereotipadas, la torpeza de los trazos y su frialdad acaban de matar en mi voluntad el débil hilo de la seducción por el llamado arte contemporáneo, que yo prefiero llamar arte oficial contemporáneo.

    Del mismo modo que una mente científica se pone en guardia ante el agua magnética o la Astrología, mi pobre cerebro de artista, especializado en esa actividad consistente en manchar una superficie con colores haciendo determinadas formas más o menos agradables a la vista, que intenta dar forma a ideas y sentimientos mediante una habilidad trabajosa y lentamente adquirida cada día, no es capaz de hacer sitio al arte por generación espontánea, en el que esos elementos, el estudio y el trabajo, no han intervenido, sino la mística voluntad de ser artista y el místico talento innato. La Idea, materia prima sagrada, que prevalece en esas manifestaciones místico-artísticas, se me antoja un esqueleto pobre, una vaguedad vacua, no muy distinta del ingenio preciso para sisar veinte céntimos sin que mamá se entere, y que todo el mundo tiene.

    Cierto que la habilidad, el virtuosismo manual del que algunos grandes de la historia dispusieron, tampoco tiene nada de misterioso. Bastan horas y horas y horas y horas y horas y horas y horas de práctica atenta, de trabajo físico y mental intenso para introducir en el cerebro los caminos neuronales para que mano y cerebro sean una unidad. Está al alcance de cualquiera... que quiera entregarse, que quiera sacrificarse lo suficiente.

    En cambio, la habilidad para conseguir que sin dar un palo al agua le consideren a uno genio -con la responsabilidad que eso conlleva- y que un comisario te lleve no a la cárcel sino a la Bienal de Venecia -o a la de Valencia, para el caso es lo mismo- no está al alcance de cualquiera. A mi alcance al menos, no. Estoy demasiado chapado a la antigua: mi rígido cerebro en seguida se pone alerta y me dopa para que vengan imágenes mentales sugerentes, que mitigan mi caradura y me impiden seguir ese camino. ¡Qué mala suerte!

    lunes, 1 de octubre de 2007

    Pintar "de foto"

    En un foro que hoy he podido visitar, el de www.artedegalicia.com (portal cuya visita os recomiendo) su fundador saca un tema que sale de vez en cuando: El uso de fotografías para pintar.

    Es un tema que tiene miga. Se puede hablar de muchas vertientes de esta relación entre la pintura y la fotografía.

    Hoy me gustaría centrarme en el tema que salió en el foro: la conveniencia o no de utilizar fotos como modelo para un cuadro o un dibujo.

    En Ferrol, en general, los aficionados a la pintura que dan clases particulares utilizan abiertamente fotos para hacer paisajes, retratos y hasta bodegones. Nosotros, en las clases que impartimos en Escola Aberta de Arte, no permitimos nunca utilizar fotografías como modelo. No porque sea pecado -cada uno en casa que haga lo que quiera- sino porque al utilizarlas, una parte fundamental del aprendizaje simplemente no tiene lugar.

    Es imprescindible que el principiante adquiera el hábito de "aplanar" o "renderizar" lo que ve tridimensionalmente, pasándolo a dos dimensiones, para de ese modo poder apreciar formas, contornos y tonos que se puedan pasar al papel.

    Además, por buena que sea, una foto es siempre una instantánea, pero el pintor delante de la naturaleza captura miles, millones de instantáneas, sucesiva y simultáneamente. Esto, recuerdo, siempre lo recalcaba Rafael Úbeda, uno de nuestros profesores en Bellas Artes.
    El fotopintor se pierde, básicamente, la oportunidad de conocer en qué consiste dibujar, en qué se diferencia de otras actividades manuales como calcetar o clasificar tornillos.

    Por otra parte, no niego que a veces se tiene que recurrir a fotografías, aunque no nos guste. A veces es necesaria una referencia de una persona muerta o un lugar que no podremos visitar. En tal caso, sólo se obtienen imágenes no fotopintorescas si se consigue recrear la tridimensionalidad presente en el modelo de la foto y luego volver a aplanar desde un punto de vista similar al de la cámara. Es decir: efectuar el recorrido foto-mente-cuadro, o si se prefiere 2D-3D virtual-2D. Simplificando: si conseguimos evocar la realidad y pintar esa imagen mental y no el pedazo de cartulina con colorines que tenemos en la mano.

    En el foro, se proponía lo siguiente:
    (...)si quiero pintar "Mar encabronado en invierno en A Costa da Morte" no voy a estar allí con piedras en los bolsillos para no volar, pendiente del Pemán (el hombre del tiempo de TVG). Haré un par de fotos, me iré a casa calentito y pintaré.
    Sé de una pintora que es muy capaz de ir allí con piedras en los bolsillos, y ha hecho cosas peores.

    Yo personalmente creo que si un tema determinado no te apetece tanto como para desplazarte allí para pintarlo, no tiene sentido elegirlo, hay millones de otros temas que se pueden hacer en el estudio, o al menos en lugares más cómodos.

    También existe una posibilidad a medio camino: hacer cientos de bocetos in situ y luego pintar el cuadro en el estudio partiendo de ellos. Todo el proceso es "a mano" y "vívido", y el machacar tanto un tema hace que prácticamente podamos pintar el cuadro definitivo de memoria, y más rápido y a gusto. Este método ha sido utilizado por los grandes maestros de todas las épocas y sigue siendo muy adecuado, aunque más lento y laborioso que otros.

    Evidentemente, hacer un par de fotos de un lugar y copiarlas es una opción. Pero hay que darse cuenta de que al renunciar a ir a la Costa da Morte y pintar bajo la lluvia uno se pierde una parte muy importante de la vivencia. Los sonidos, los olores, la luz ambiente, la temperatura, la lluvia, el viento... todo eso acaba apareciendo en el cuadro y dándole intensidad. Misteriosamente, un pintor puede conseguir transmitir mucho más que una vista.

    Las imágenes fotográficas son neutras, planas. No transmiten todo lo que está presente en el lugar original, incluso aunque las saquemos nosotros. Esto es posible comprobarlo en vivo. Os propongo una experiencia:

    En un viaje llevad una cámara fotográfica y un cuaderno de dibujo, y dedicad un día a sacar muchas fotos de un lugar y otro día a dibujar durante mucho tiempo otro lugar distinto.

    Veréis -yo lo he comprobado- que el día que se sacan fotos apenas tienes recuerdos de él. La concentración en los mecanismos del aparato fotográfico y el ansia de capturar imágenes harán que no se guarde recuerdo alguno. Cuando se ven las fotos, incluso se llega a sorprender uno de lo que ha visto sin enterarse. Detalles, colores, luces... todo aparece en la foto, petrificado por el disparador, pero no se guardó en nuestra mente.

    En cambio, el día dedicado a dibujar un lugar, cada edificio, cada árbol, cada papelera, cada rincón, cada sonido incluso, se queda grabado en la mente por mucho tiempo. Sorprende la cantidad de detalles que se nos han quedado registrados en la mente. Y de paso, en el papel. De forma bastante clara, tanto más clara cuanto más nos hayamos concentrado para describir cada parte del dibujo, formas de cornisas, volúmenes, incluso actitudes de la gente se han grabado a fuego.

    Si no se os da el dibujo o la pintura, si nunca lo habéis hecho simplemente comparad el recuerdo de una fiesta o momento agradable cuando simplemente estás pasándotelo bien y cuando te toca ser el fotógrafo. Ni punto de comparación. Estar sacando fotos nos roba el momento.

    Podríamos decir que la foto mitiga nuestra percepción y el dibujo (o la pintura) la intensifica.

    Se puede opinar lo contrario, por supuesto, pero esta es mi experiencia. Opino lo mismo que Ricardo Segura Torrella. Una vez le preguntaron sobre la diferencia entre pintar de foto o del natural. Y él, con ese desparpajo y sorna que tenía, respondió, azarando a quien había preguntado:
    -"Pues ni más ni menos que la misma diferencia que hay entre hacerse una paja viendo una foto de una señora o follar "al natural" con esa misma señora.

    Pienso que se puede decir más alto, pero no más claro.

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    Otro de los temas propuestos en el foro es el de copiar una foto de alguna manera "artística" de por sí y sus consecuencias morales.

    Mi experiencia es que se trata de lenguajes diferentes. Lo que queda bien en foto no tiene por qué quedar bien en pintura. Basta pensar en los retratos de niños, que en las fotos siempre tienen una hermosa ristra de dientes brillantes y una cara cuyo gesto dura décimas de segundo.

    En los retratos pintados es extrañísimo ver dientes o gestos efímeros, porque el proceso de hacer un retrato dura horas, y los modelos no pueden mantener ese tipo de gestos o simplemente estar demasiado tiempo con la boca abierta, porque se le resecaría toda y acabarían con la mandíbula dolorida.

    Son cosas que no quedan naturales al dibujarlas. Precisamente es una de las críticas hechas por los pintores impresionistas a cierta clase de pintura barroca -que se dice utilizó métodos ópticos- en la que hay sonrisas con dientes y gestos efímeros.

    Recuerdo el caso de alguna modelo que al llegar a la clase de pintura necesitó más de una sesión para entender qué tipo de posturas valían para dibujar. Normalmente las poses típicas de las sesiones fotográficas son incómodas y hasta antiestéticas, quedan en cierto modo ridículas, por forzadas. En mis cuadros obligo a las modelos a adoptar poses naturales, intentando que estén cómodas. Las poses que prefiero son las naturales de cada persona. Es cierto que no todas las personas tienen la misma gracia natural para posar, pero cuando encuentras a alguien que simplemente posa con naturalidad, poniéndose a ello como quien descansa en su casa, ya casi está la mitad del cuadro solucionado.

    Lo mismo se puede aplicar a los demás aspectos de la fotografía. A mí me parece que el robar una foto para pintar un cuadro, es decir: copiar composición, iluminación, encuadre, etc, es demostrar pobreza inventiva y falta de talento. La fotografía puede conseguir imágenes muy bellas -incluso si entendemos la estética como estética inversa, rechazando la palabra "bonito" y adoptando en su lugar el término "interesante"- pero un pintor debería ser capaz de crear imágenes nuevas tan buenas como las de las fotos, e incluso mejores.

    He de reconocer que para mí -que he sido fundamentalmente fotógrafo durante años- la fotografía es maravillosa, pero no llega a la intensidad de la pintura y el dibujo. Ni como vivencia para el artista ni por lo que logra transmitir. Pero este es otro debate. ¡Saludos, parroquia!