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sábado, 9 de agosto de 2008

Lápiz-tinta

Hoy me llevé una sorpresa: en un "Todo a 100" (confieso que los visito a menudo, la crisis hace estragos) me encontré unos lápices a 20 céntimos cada uno.

Los miré, por curiosidad, y no podía creerlo: eran lápices "JOHANN SINDEL" de la famosa y difunta fábrica de lápices "HISPANIA" que hubo en Ferrol hace décadas.

Entre ellos encontré lápices de carpintero "CARPENTER", lápices "BAMBÚ", un lápiz "888 - SOMBRAS", otro universal "1982 - PARA CRISTAL METAL Y PLASTICO" y finalmente, varios làpices "KOPIATIVO", que son lápices-tinta. No pude resistirme, y me compré 4 € de lápices.

Los lápices-tinta son una especie de antepasado de los lápices acuarelables. Con agua -o saliva, que así los hacíamos funcionar de niños- convierten su color de lápiz normal en un vistoso azul-violeta. El efecto es instantáneo e irreversible. Aún me acuerdo de la cara de la profesora de restauración de papel cuando se los enseñé.

En la tanda que compré hay otros colores "kopiativos", como rojo, azul, verde y violeta, que pintan "en seco" del mismo color. Su marca es "MERCANTIL", y son una gozada de suavidad y a la vez resistencia de la mina.

No sé si es por nostalgia o porque permiten hacer dibujos de una forma única, pero soy un "fan" de los lápices "Hispania/Johann Sindel", especialmente de los lápices-tinta.

En este blog tenéis un buen reportaje sobre la fábrica, que aún está en pie -más o menos- en Ferrol Vello, y que sería una pena ver desaparecer definitivamente.

Estas fotos son de Enrique Fidel, autor del artículo mencionado.

martes, 5 de agosto de 2008

Desmontar una exposición

Hace unos días desmonté la exposición que Carmen tenía últimamente en Zucre. Una exposición de retratos, con un montón de cuadros. Mapo, el dueño de la cafetería, me ayudó a traerlos a la Escola, y parecía imposible que todos cupiesen en su monovolumen. Cupieron.

Está claro que desmontar algo se hace mucho más rápido que montarlo. Destruir es mucho más fácil y rápido que construir. Que se lo digan a las irrecuperables y sutiles construcciones de la Antigüedad de las que hoy sólo nos queda un pálido recuerdo. Las complejas conexiones, tejidas a lo largo del tiempo, las razones que animaron su construcción se destruyen al desmontar lo que formaba un todo coherente.

Es bastante inevitable sentir todo esto cuando se recoge una exposición. Ese espacio, conformado con los cuadros, que invitaba a la vista a recorrerlo, que transformaba la sala con sus colores, tamaños, juegos de luces, en unos minutos vuelve a estar vacío, despojado de la presencia que antes la animaba.

Cuando se vuelve a montar en otro lugar, o se monta de nuevo en el lugar original, ya no vuelve a hacernos sentir lo mismo. Una exposición es única, irrepetible. Como todo en nuestra vida, ni las fotografías ni las grabaciones la revivirán jamás. Si no la hemos visto, ya nunca sabremos lo que hacía sentir.

En museos y exposiciones suelo aislar los cuadros, para paladearlos mejor, y defiendo eso. Pero reconozco que algunas exposiciones tienen "vida" propia. La exposición de Carmen era una de estas. Sé que luego vendrán otras, pero he sentido pena al desmontarla, tanto o más que si fuese mía.