Estos días estoy trabajando para conseguir una representación fidedigna de dos dinosaurios, un allosaurus y un deinonychus. Y me lo estoy pasando pipa. En realidad ya he excedido la sensatez en la relación entre la dedicación que estoy poniendo en esto y la exigencia real del encargo. Pero me da igual, porque además de disfrutar estoy aprendiendo muchísimo.
El Paleofreak
Además de todo lo que me está enriqueciendo tomarme estos dinosaurios en serio, he encontrado, al buscar documentación, una fuente inabarcable de conocimiento sobre estos animales extintos. Es un blog famoso: el PaleoFreak. Una bitácora de lo más recomendable, no sólo por la abundante información y lo divertido que resulta: Si te gustan los dinosaurios, el PaleoFreak es una referencia obligada. Sin darte cuenta, puedes pasar horas y horas hojeando textos, imágenes, comentarios, su activo foro...
Pero lo que me llamó sobre todo la atención es la comunidad que este blog ha conseguido aglutinar. A pesar de que PaleoFreak me ha hecho reírme a carcajadas, por ejemplo con su sección sobre dinosaurios de plástico (plasticosaurios) o la manera de definir a los trolls (comentáridos) en un "hall of fame" realmente divertido, este blog reúne gente especializada en paleontología, tanto profesionales como aficionados, pero con un nivelazo que impresiona. Se discuten temas sutiles pero importantes, como la postura de las manos en los terópodos, aportando pruebas fósiles muy recientes, y además con humor. Se hacen reconstrucciones de cosecha propia, comentarios de noticias en los medios... En cuanto me he pasado por allí a pedir información, un usuario, Noasaurus, que posee un notable blog sobre paleontología, me puso en contacto con Pabluratops, que es paleoilustrador y también tiene un gran blog sobre ilustración paleontológica. En seguida me ha ofrecido su valiosa ayuda, y corregirá mis bocetos definitivos. Pero estos dos usuarios no son una excepción, muchos otros usuarios aportan sus propios blogs paleontológicos, noticias, teorías, dibujos...
El Circo Roma
Hoy hemos ido, en familia, a ver el circo. Al principio pensábamos que iba a ser un timo, porque las jaulas de las fieras, lo primero que vimos, estaban algo oxidadas, y además tardó media hora en comenzar el espectáculo. Pero poco a poco fuimos animándonos. Porque el Circo Roma no es enorme, ni tiene todo nuevo. No tiene el glamour de los espectáculos televisivos, ni números modernísimos. Pero da gusto verlos trabajar. Sonríen al público, pero se lo toman en serio. Se nota la concentración en sus evoluciones a cinco o diez metros de altura. Se nota que cada número lleva horas y horas de trabajo duro. Se nota la compenetración entre los artistas, lograda a base de confianza, por los muchos ensayos compartidos, las horas de viaje, la intimidad familiar. En el momento crucial, la vida de uno está en manos -literalmente- del otro, y nada puede fallar, nadie puede fallar. Al terminar la función uno se alegra de haber pagado 14 eurazos por dos horas escasas de espectáculo, porque ¡se lo han currado! Al final aplaudes con ganas, para premiar el esfuerzo de estas personas, que seguramente son tan normales como el que más, pero que visto el espectáculo, parecen héroes, gente extraordinaria capaz de proezas sobrehumanas.
En definitiva, tanto con Paleofreak como con el Circo Roma uno se da cuenta del gran valor del trabajo serio, hecho con pasión, con esfuerzo. Nada que ver con la sofisticada palabrería hueca o con la arrogancia del sabelotodo, tras los cuales no hay nada.
Y es estimulante ver que hay gente así, que se esfuerza día a día por lograr la excelencia, acostumbrados a ver el triste espectáculo de la mediocridad tibia y triunfante en su venta de humo cotidiana, en la política, la enseñanza, el arte...

El Paleofreak
Además de todo lo que me está enriqueciendo tomarme estos dinosaurios en serio, he encontrado, al buscar documentación, una fuente inabarcable de conocimiento sobre estos animales extintos. Es un blog famoso: el PaleoFreak. Una bitácora de lo más recomendable, no sólo por la abundante información y lo divertido que resulta: Si te gustan los dinosaurios, el PaleoFreak es una referencia obligada. Sin darte cuenta, puedes pasar horas y horas hojeando textos, imágenes, comentarios, su activo foro...
Pero lo que me llamó sobre todo la atención es la comunidad que este blog ha conseguido aglutinar. A pesar de que PaleoFreak me ha hecho reírme a carcajadas, por ejemplo con su sección sobre dinosaurios de plástico (plasticosaurios) o la manera de definir a los trolls (comentáridos) en un "hall of fame" realmente divertido, este blog reúne gente especializada en paleontología, tanto profesionales como aficionados, pero con un nivelazo que impresiona. Se discuten temas sutiles pero importantes, como la postura de las manos en los terópodos, aportando pruebas fósiles muy recientes, y además con humor. Se hacen reconstrucciones de cosecha propia, comentarios de noticias en los medios... En cuanto me he pasado por allí a pedir información, un usuario, Noasaurus, que posee un notable blog sobre paleontología, me puso en contacto con Pabluratops, que es paleoilustrador y también tiene un gran blog sobre ilustración paleontológica. En seguida me ha ofrecido su valiosa ayuda, y corregirá mis bocetos definitivos. Pero estos dos usuarios no son una excepción, muchos otros usuarios aportan sus propios blogs paleontológicos, noticias, teorías, dibujos...El Circo Roma
Hoy hemos ido, en familia, a ver el circo. Al principio pensábamos que iba a ser un timo, porque las jaulas de las fieras, lo primero que vimos, estaban algo oxidadas, y además tardó media hora en comenzar el espectáculo. Pero poco a poco fuimos animándonos. Porque el Circo Roma no es enorme, ni tiene todo nuevo. No tiene el glamour de los espectáculos televisivos, ni números modernísimos. Pero da gusto verlos trabajar. Sonríen al público, pero se lo toman en serio. Se nota la concentración en sus evoluciones a cinco o diez metros de altura. Se nota que cada número lleva horas y horas de trabajo duro. Se nota la compenetración entre los artistas, lograda a base de confianza, por los muchos ensayos compartidos, las horas de viaje, la intimidad familiar. En el momento crucial, la vida de uno está en manos -literalmente- del otro, y nada puede fallar, nadie puede fallar. Al terminar la función uno se alegra de haber pagado 14 eurazos por dos horas escasas de espectáculo, porque ¡se lo han currado! Al final aplaudes con ganas, para premiar el esfuerzo de estas personas, que seguramente son tan normales como el que más, pero que visto el espectáculo, parecen héroes, gente extraordinaria capaz de proezas sobrehumanas.En definitiva, tanto con Paleofreak como con el Circo Roma uno se da cuenta del gran valor del trabajo serio, hecho con pasión, con esfuerzo. Nada que ver con la sofisticada palabrería hueca o con la arrogancia del sabelotodo, tras los cuales no hay nada.
Y es estimulante ver que hay gente así, que se esfuerza día a día por lograr la excelencia, acostumbrados a ver el triste espectáculo de la mediocridad tibia y triunfante en su venta de humo cotidiana, en la política, la enseñanza, el arte...

A veces Mapo, el dueño del Zucre, nos avisa de que tiene un espacio libre -esta cafetería es hoy por hoy uno de los sitios más constantes en cuestión de exposiciones- y entonces pensamos algo para poner allí. 

Porque a pesar de todo, existe una profunda relación del arte con la naturaleza, a la que el arte copia, quizá para aprender o para aprehender su esencia (como hacía Leonardo o el mismo Durero con sus dibujos botánicos, zoológicos, etc...), y yo comparto esa reflexión. Durero tiene razón, creo yo, en que cuando la recreación que hacemos al dibujar, al pintar, llega a ser autónoma, logra un tipo de armonía, de belleza, que sólo la naturaleza posee. Pero lo que es, a mi juicio, imposible, es llegar a expresar directamente con la copia la belleza natural, que siempre es rica, apabullante.
El ejemplo que más me viene a la memoria es del año pasado. Carmen fue invitada al Zoo de Vigo a pintar, a celebrar una de sus jornadas de "Pintura en Acción".
Estuvimos todo el día allí, yo dibujando animales, pintándolos Carmen. Al que es amante del dibujo o la pintura del natural, como nosotros, la oportunidad de pasar un día en el Zoo es irrechazable. Es una especie de orgasmo artístico continuo, porque hay tanto que plasmar, y tan rico, que el cerebro no deja de bullir, ni las manos ni el ojo tienen velocidad suficiente para conseguir consignar en un papel o un lienzo todas las sutilezas de la vida en su esplendor. Como decían los hombres primitivos, "inspira". Incluso aunque sepamos que los animales están cautivos.
Pero justo después nos permitieron estar en la zona interior de las jaulas de los tigres. Teníamos a una tigresa a escasos metros. Tan escasos que a veces su cabeza estaba a menos de un metro. Aunque la tigresa no paraba de moverse Carmen consiguió hacer un cuadro. Yo, simplemente, esbocé alguna línea, y el resto del tiempo simplemente miré.
Un tigre, de cerca, posee una belleza tal, que es indescriptible. No hay palabras para describir la infinita armonía de sus manchas, la certera profundidad de su mirada. El pelaje es multicolor, con una distribución de las manchas que podría recordar a alguna flor refinada, como las orquídeas o los ciclámenes. El tamaño, como un gato sobredimensionado pero con una armonía tal, unos movimientos tan suaves y elásticos...
Es una belleza sobrecogedora. Cuando estábamos allí, pintando, dibujando, mirando, llegamos de forma natural a la conclusión de que es imposible pintar un tigre tan bello como es. Se puede uno aproximar mucho, pero cuanto más real y detallado sea el dibujo, el cuadro, tanto más irreal y ñoño va a parecer. Ocurre exactamente igual que con los cuadros de puestas de sol. Los colores del cielo, aquí en Galicia, por ejemplo, llegan a veces a ser tan intensos, tan bellos y sobrecogedores que si uno los plasma tal cual dará la sensación de algo hortera, irreal y exagerado.
Para evitar esto, es necesario desconectar, huir de la realidad y de algún modo recrear lo visto. El arte debe eliminar gran parte de la belleza natural y sustituirla por belleza artística, que es un lenguaje diferente, si se quiere obtener un resultado que produzca una sensación semejante al original. Porque una tigresa, tal como la vimos nosotros, es bellísima, pero no es cursi, no es ñoña ni rebuscada. Su inconmensurable belleza no se contradice con el hecho de que sea un depredador, un animal imponente, peligroso, ágil, astuto y a la vez noble, como todos los animales. Su misma belleza significa "peligro". Sus zarpas, gruesas y pesadas, aunque hermosas, esconden armas mortíferas, del mismo modo que su boca, armoniosa en todos sus aspectos exhibe unos dientes carniceros enormes. Un mal dibujo convierte todo eso en caricatura.
No sé si me explico: hay estupendos dibujos y pinturas sobre tigres, pero precisamente porque no intentan ser tigres, sino dibujos y pinturas. Esta es una de las razones por las que quien cree que el arte ha sido totalmente mimético en alguna ocasión o no lo ha pensado bien o es un patán completo, o al menos es un patán en arte. La mímesis, la imitación de la realidad, es un recurso creativo, incluso puede ser un objetivo, pero siempre existe abstracción, recreación. El artista no copia la realidad, la interpreta, y tanto más inventa cuanto más fiel pretende ser, porque debe utilizar por fuerza los "trucos" de la profesión, de los materiales que utiliza. Del mismo modo que una traducción fiel de un idioma a otro nunca puede ser la traducción literal, un retrato fiel es siempre una recreación. Creo que el gran problema de muchos supuestos expertos en arte radica en el desconocimiento de esta característica fundamental del arte.
Pues porque ahora estoy intentando recrear un par de dinosaurios: un allosaurio y un deinonichus (una especie de velocirraptor gigante), ambos carnívoros, y creo que esos animales, extintos, que jamás veremos, seguro que han tenido un aspecto formidable, pero además, tan bello como nuestros actuales tigres. Aunque hoy existen recreaciones magníficas y bastante precisas de casi todos los dinosaurios más conocidos, creo que nunca sabremos cuál era exactamente el matiz que convertía a estos animales en no sólo unos animales temibles y enormes, sino bellos. Seguramente tan bellos que un artista se sentiría empequeñecido, como Carmen y yo ante la tigresa, o como Durero cuando pensó por primera vez su frase.
Quien tuviera que reconstruir un tigre a partir de sus restos fósiles, podría establecer con bastante exactitud la forma del cuerpo, sus hábitos, y hasta la longitud de su pelaje. Pero su extraordinaria belleza, la increíble coloración de su pelo, su mirada, su elasticidad y elegancia, en fin, lo que hace del tigre una de las criaturas más bellas de la Naturaleza, eso no podría deducirlo nadie.
Y estoy seguro, pensando en que hasta la cabeza de una hormiga es una estructura hermosa, armoniosa, que los extintos dinosaurios debieron haber sido, además de evolutivamente exitosos, algunas de las criaturas más bellas del mundo natural. Seguramente, si pudiéramos verlos en vivo, el plumaje de un velocirraptor, por ejemplo, tendría poco que envidiar al de un águila o un ave del paraíso, y las formas de algunos dinosaurios seguro que derrochaban colorido y extrañas inutilidades ornamentales, como grandes plumas retorcidas, cuernos inesperados, pliegues de piel, sacos de grasa...


Sí, ya sé que este es un blog de arte. Pero es que después de espesas discusiones entre razones y creencias, uno encuentra una mente despierta, alguien inteligente que simplemente dice lo que piensa con sinceridad y sencillez. Y es imposible no alegrarse y pensar, que después de todo, no todo está perdido.


Al repasar la evolución del mundo artístico desde el momento de la fundación de esta revista, ocurrida hace diez años, el fenómeno más característico que aparece frente a mi vista es la expansión de una impetuosa burbuja cultural, manifestada en el veloz crecimiento de una frondosa muchedumbre de curadores, administradores, promotores, gestores, facilitadores, teorizadores y especialistas que aspiran a mantener el mundo del arte bajo un rígido control institucional. Cohesionada por la certidumbre de que el archifamoso mingitorio de Duchamp marcó el comienzo de un cambio definitivo en la naturaleza del arte y desencadenó un imparable salto hacia el futuro, la nueva clase curatorial apoya sus prédicas en el mito del mingitorio y en el dogma de la infalibilidad del crítico norteamericano Arthur Danto, autor de la célebre y dudosa teoría de los objetos indiferenciables. El gran desafío filosófico del momento, dice Danto, consiste en determinar por qué, de dos objetos exactamente iguales e indiferenciables entre sí, uno es arte y el otro no. Danto compara la caja de Brillo que Warhol trasladó del estante del supermercado a la galería de arte con cualquiera de las muchas cajas iguales que prosiguieron su destino en las estanterías del supermercado. Son iguales pero diferentes, dice Danto, porque la caja elegida por Warhol se transformó en una obra de arte, en tanto que la otra caja siguió siendo un simple producto de limpieza.
Pensar que un objeto cualquiera pueda convertirse en una obra de arte sólo porque a un artista se le da la gana suena bastante poco sensato, pero Danto está convencido de que es así, aunque no intenta demostrarlo. Se limita a afirmarlo, y le otorga a su convicción personal el carácter de una demostración objetiva o de una verdad universal. “Muchos dijeron entonces que lo que Warhol había hecho no era realmente arte, pero yo estaba convencido de que era arte”, escribe. Y agrega: “La verdadera pregunta filosófica… es cómo evitar su simple disolución en la realidad”. Esto último es muy pertinente, porque resulta inevitable presumir que si la caja de Brillo vuelve al estante del supermercado nadie podrá reconocerla como una obra de arte. Pero Danto no se da por vencido ante ese pequeño escollo y sigue afirmando que la caja de Brillo es arte, aunque no propone ninguna razón para probar su hipótesis. La caja de Warhol es arte, nos dice, “porque yo estaba convencido de que era arte”. La otra no, y punto. Se trata de la misma lógica que transformó al mingitorio de Duchamp en una obra de arte: es arte porque lo eligió Duchamp, y Duchamp es un artista porque convirtió un simple mingitorio en una obra de arte. Lo mismo puede decirse de Damien Hirst: el tiburón es arte porque Hirst lo dijo, y Hirst es un artista porque transformó al tiburón en arte, y porque el magnate Abramovich pagó por él diez millones de libras.
Este razonamiento circular es aparentemente fácil de entender, pero a mí me resulta tan inalcanzable como la más remota de las galaxias. ¿Por qué debo creer que una caja es arte y la otra no? ¿Y por qué debo creer que el bendito mingitorio y el tiburón son obras de arte? ¿Sólo porque el beneficiario de una burbuja inmobiliaria, financiera o petrolera pagó diez millones de libras? ¿Acaso Warhol y Duchamp tenían la varita mágica que convierte en arte todo lo que toca? Por más que me rompa la cabeza, el asunto me resulta tan indescifrable como los pensamientos de un erizo de mar. A veces tiendo a creer que la clave del arte conceptual gira en torno de tres posibilidades; a) es una gran tomadura de pelo; b) es un complot armado por Duchamp, Warhol y Damien Hirst para proveer a los medios de comunicación de las noticias estrafalarias y absurdas que complementan los asuntos políticos y policiales; c) es, tal vez, una nueva religión. Esta última hipótesis me parece bastante plausible, porque las religiones son una cuestión de fe, y los creyentes no suelen poner el tema de los milagros bajo la lupa de la racionalidad. Ante la carencia de argumentos racionales, se debe tener fe en algún conocimiento secreto que Danto no puede revelar al resto de los mortales, y que le permite asegurar que la caja de Brillo es una obra de arte. En otras palabras, se debe tener fe en que Warhol tiene el poder de convertir en arte todo lo que toca, y que Duchamp también lo tenía. Y para continuar se debe tener fe en que los llamados nuevos medios (performances, ensayos digitales, fotografías, street art, videos y el sinfín de ocurrencias que se irán agregando bajo los generosos y falaces rótulos de exploración, investigación o reflexión) también son arte.
De esta manera entramos de lleno en la dimensión religiosa, que nos obliga a aceptar la ilusión del arte a pesar de que las cosas que se presentan bajo ese rótulo y las afirmaciones en las que se apoyan adolecen de una absoluta falta de sentido. Mi problema es que la apelación a la fe me hace sentir tan estúpido como un comprador de talismanes para adelgazar o de jarabes para rejuvenecer. Me explico: como cualquier ciudadano común y corriente disfruto de las buenas novelas, los relatos cinematográficos bien construidos, los ensayos inteligentes y reveladores y las pinturas hechas en las grandes épocas del arte con un virtuosismo que parece sobrehumano. Tengo la total seguridad de que a un espíritu despierto le basta con ver una sola vez una obra de Leonardo, Rembrandt o Caravaggio para recibir una impresión que lo acompañará durante el resto de su vida, y estoy igualmente convencido de que la casi totalidad del arte contemporáneo se fuga de nuestra memoria al minuto siguiente de verlo. El arte de aquellos maestros (las llamadas disciplinas canónicas, que los profetas del arte oficial consideran definitivamente superadas) tenía un deber de inteligibilidad y comunicación racional basado en límites, reglas y objetivos bien establecidos, que definían su identidad tal como pasa en las ciencias duras, los deportes competitivos, el cine y la literatura. Esos límites y reglas fijan el marco racional que nos permite entender el acontecimiento, evaluar su calidad y establecer cuáles son los actores más dotados; si borramos esas reglas y límites ingresamos a la dimensión del absurdo y el sinsentido, donde nada tiene significado y todo se torna igualmente olvidable. Para ser conmovido y experimentar una emoción estética necesito, como cualquier ciudadano corriente, entender lo que se ofrece a mi entendimiento, y para entenderlo necesito que la obra exprese por sí misma su contenido y me trasmita su peculiar visión del mundo merced a la eficacia de sus medios. Lo paradójico e irónico del caso es que luego del vaciamiento de sentido provocado por el afán de abolir los límites del arte y por la consiguiente afirmación de que cualquier cosa puede ser una obra de arte, los responsables de ese vaciamiento se adjudicaron la función de fabricar interpretaciones, lecturas y teorías destinadas a llenar el vacío que ellos mismos habían generado. Otra paradoja es la proliferación de nuevas carreras universitarias que ofrecen la formación de curadores, administradores, promotores, gestores, facilitadores, operadores, teorizadores y críticos multimediáticos, mientras en el otro extremo de la ecuación el rol de los artistas se devalúa cada vez más y tiende a confinarse en la mera ilustración de las propuestas curatoriales. Un viraje tan dramático en la orientación del mundo artístico merece, creo, una seria indagación sobre sus causas y consecuencias. Al exacerbar la ilusión del arte concebido como un poder mágico, capaz de transformar en obra de arte a cualquier objeto, disciplina o atributo de la realidad, resulta inevitable que el valor artístico sufra un severo desplazamiento, y que los artistas y sus obras tiendan a hundirse en la irrelevancia. Una vez que ha logrado apropiarse nada menos que de la construcción de sentidos, la nueva burocracia de curadores y teorizadores convierte a los artistas y sus obras en pretextos intercambiables: tanto da uno como otro, porque lo verdaderamente importante es el guión curatorial. Hoy proponen una “reflexión” sobre los efectos de la deforestación intensiva o la situación de la mujer, y mañana llamarán a “investigar” o “explorar” los procesos de legitimación artística, el calentamiento global o el comportamiento del mercado de arte. Es evidente que toda la miga del asunto está en la convocatoria. Sometidos a esa dinámica, muchos jóvenes artistas emergen con grandes expectativas sólo para ser velozmente sumergidos, y los réditos de la operación pasan a engrosar la cuenta corriente del curador. La última paradoja, nada menor, por cierto, es el hecho de que esas estrategias se llevan a cabo invocando la libertad de pensamiento, como si no existiera el inviolable corsé ideológico que establece la sujeción al dogma duchampiano, cuya recusación coloca a los heréticos fuera del marco institucional. Recuerdo una anécdota que ilustra muy bien ese punto: hace unos años me sorprendió saber que el consejo superior de la facultad de ciencias sociales de la UBA había propuesto POR UNANIMIDAD el nombramiento de Fidel Castro como doctor honoris causa. Poco después, al encontrarme con un amigo sociólogo le expresé mi extrañeza: 






